El peligro de la placa conmemorativa

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Por Daniel Moreno Soto.
Ilustración por Verónica Lalinde Calle

¿Acaso no hemos llegado a tal impase en el mundo moderno en el que debamos amar a nuestros enemigos- o de lo contrario…
La reacción en cadena del mal – Odio engendrando odio, guerras produciendo más guerras –  debe romperse, o de lo contrario nos hundiremos en el oscuro abismo de la aniquilación.

Martin Luther King, Jr.

A finales de octubre del año pasado, coincidiendo con la visita del Príncipe Carlos del Reino Unido y su esposa Camila, se develó en Cartagena una indignante placa conmemorativa en honor a los soldados ingleses caídos en la fallida toma de la ciudad en 1741.

Como es comprensible, ante un acto tan ignominioso, tan pronto como salió a la luz la nefanda losa, se levantaron voces de repudio y protesta alrededor de todo el país, exigiendo que se removiera el descabellado homenaje que mancilla de forma  inefable nuestro orgullo patrio.

El alcalde de Cartagena y la Corporación Centro Histórico, gestores de la placa, justificaron el homenaje como una exaltación al valor de los defensores cartageneros, comandados por Blas de Lezo, así como un gesto de reconciliación histórica con los ingleses. Sin embargo, la verdadera motivación del asunto salta a la vista, aun para el más ingenuo: una repugnante lisonjería hacia lo extranjero, presente tan sólo en un escaso sector de nuestra población, pero indudablemente ausente de nuestra más esencial idiosincrasia.

Un periodista local incluso llegó a comentar que la placa en cuestión era equivalente a que los británicos rindieran homenaje a los pilotos nazis que bombardearon el Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial. Probablemente nuestro desinformado, aunque bien intencionado compatriota, no sabía que los británicos efectivamente levantaron un homenaje, en el mismo sitio donde cayó muerto, a Manfred von Richthofen, el “Barón Rojo”, piloto alemán que durante la Primera Guerra mundial llegó a derribar él solo casi cien aeronaves. Sobre su tumba en Francia se puede leer el epitafio: “Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor. Que descanse en paz”. No obstante, este hecho no debe sorprender, y mucho menos ser tomado como ejemplo, pues sólo puede esperarse actos tan humillantes de pueblos arrodillados, sin historia ni coraje, como los británicos.

La voz del pueblo sonó tan fuerte que hasta le dio valor a un héroe local para destrozar a martillazos la mentada placa, y también fue determinante para que ya esté en proceso el desmonte del homenaje que nunca debió ser.

Este tipo de cosas no pueden volver a suceder. Imagínense que, por andar renunciando al orgullo que nos mantiene unidos, termináramos un día leyendo una placa que dijera: “En memoria del fin del conflicto armado colombiano. En memoria de todas las víctimas y combatientes que perdieron sus vidas, su familia, su libertad y su voluntad a causa de una guerra que no iniciaron y jamás entendieron. Para que no sean olvidados los niños soldados, los mutilados, los desplazados, los secuestrados, los collares bombas, las fosas, las motosierras, los falsos positivos y los campesinos obligados a cambiar azadones por fusiles; para que no se olviden las burlas y mentiras de quienes pudieron y no quisieron parar la hecatombe. Para que se recuerde la falta de memoria y nunca más haya títeres para los delirantes caudillos de muerte. Para que no se repita la historia de un pueblo que, cegado por la ambición y el egoísmo, embriagado por su incapacidad para perdonar, se desangró durante medio siglo, disfrazando como causas nobles al odio tautológico por el hermano”.

¿Ridículo, no les parece? Por fortuna, nunca tendremos la desgracia de ver algo así en la gran nación de la gloria que no se marchita.