Albor

Texto:  Jacobo de la Cuesta

alborada

Con el cigarrillo todavía en la boca, prendió el volador. Lo había hecho mil veces, pero siempre le causaba la misma emoción de la primera vez.

Desde aquella vez, siendo aún un niño, cuando su primo lo llevó a dar una vuelta en su moto supo que era lo que quería en la vida. Ese día, en el que sus amigos lo miraron con otros ojos; ese día, en el que las niñas voltearon a verlo; ese día, cuando dejaron de molestarlo en la escuela. Ese día, que no fue hace tanto tiempo aunque su mirada dijera lo contrario.

Ardía en su mano, halando cada vez con más fuerza; pidiendo, exigiendo libertad para cumplir su destino.

El pelao era avispado y ambicioso, eso le gustó a los muchachos. No tardó en ser uno más de ellos. Como la pólvora que tanto disfrutaba, así fue escalando y consiguiendo el respeto por el que tantas veces se manchó. Sin embargo, poco conocía él la diferencia entre respeto y miedo.

El volador ascendió zumbando, dejando una estela de chispas y humo. Maravillado, lo siguió con la mirada, esperando con ansias el final.

Tres explosiones retumbaron en la cuadra donde aquel niño, que dejó de serlo más temprano que tarde, miraba al cielo con un cigarrillo en la boca. El volador seguía su camino hacia las estrellas, pero él no pudo ver el esperado desenlace. Con los ojos en alto cayó al suelo y exhaló mientras una moto huía velozmente.

Detonó la pólvora. Ambos habían cumplido su destino.