Titirit Eros

Por Daniel Moreno
Fotografía por Daniela Ríos

 

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En el vasto y con frecuencia surrealista reino del internet existe una regla, llamada Regla #34, que propone que si existe algún tema concebible, existe pornografía o material sexual relacionado con dicho tema. Esta regla puede sonar desproporcionada inicialmente, pero le propongo al lector incrédulo que haga un par de búsquedas aleatorias en la red, para que se sorprenda con lo mucho que ésta se cumple en términos generales.

Teniendo en mente lo anterior, se entenderá que mi asombro no fuera excesivo cuando, a través de las redes sociales, me enteré de la función de “títeres porno” que se presentaría en el teatro Matacandelas; aunque debo confesar que sí me generó una gran curiosidad. Inmediatamente después de leer esto, hablé con Sebastián, director de la revista, para informarle sobre un evento que me parecía que, incluso en el escenario más pesimista, era suficientemente pintoresco para interesarnos. Un par de días después él me propuso asistir a una de las funciones y hacer un reportaje al respecto. Y bueno, heme aquí.

En vista del interés que fácilmente pueden despertar la sexualidad y el erotismo, pero también considerando la explotación sistemática e incesante a la que estas temáticas han sido sometidas (sobre todo actualmente), pensé que esta función sólo podría ubicarse en un extremo: tenía el potencial de parecerme muy buena o muy mala, nada de aguas tibias. Así pues, un viernes en la noche me propuse a meterle la mano a este asunto de los títeres. Hablando en sentido figurado, por supuesto.

Recogí a Daniela, la fotógrafa, en la estación Industriales del metro, en medio de una noche fresca, bajo un cielo que amenazaba con lluvia. Parqueamos a media cuadra y nos dirigimos al teatro, un poco inquietos acerca de si lograríamos entrar, ya que nuestra visita, al parecer, estaba programada para para la función del sábado. Por fortuna, en la taquilla logramos hablar con Andrea, el contacto de la revista en el Matacandelas, quien amablemente nos dio dos pases de cortesía y nos permitió entrar un poco antes de que la función comenzara. Nos ubicamos adelante, tratando de buscar una buena perspectiva para las fotos. En medio del olor a incienso y las voces de fondo, de la función sobre Fernando González que estaba terminando en la parte de atrás del teatro, Daniela me comentó su preocupación por temas de iluminación. Poco después, la gente empezó a entrar y el teatro se llenó rápidamente, invadiéndose de murmullos, risas, expectativas y música de burdel.  Lo último sobre lo que conversamos Daniela y yo, casi a los gritos por una música demasiado alta, fue sobre la excesiva sexualización que, por fuera de las pantallas, sufrían los personajes de franquicias cinematográficas por parte de ciertos fanáticos. Esa conversación me hizo entrar en un modo relativamente escéptico con respecto a la función que, instantes después, dio inicio.

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Entre tenues luces, que apenas permitían distinguir siluetas, los actores/titiriteros emergieron y comenzaron la función con una serie de voces y gemidos que marcaron inmediatamente el tono que tendría la función: una sinérgica mezcla de una muy buena interpretación, mucho humor y, por supuesto, temas sexuales. Tras esta introducción auditiva, el primer “personaje” títere tuvo su aparición. Si bien debo confesar que inicialmente me distraje bastante por la aparentemente mala imitación del acento ibérico del personaje,  esta dispersión pasó rápidamente gracias al desarrollo propio de la trama, pero sobre todo a la magnífica interpretación de los actores. No entraré en más detalles sobre la trama, sólo diré que tras poco tiempo de comenzar el segundo acto, mi prevención desapareció y estaba ya totalmente enganchado, disfrutando la función.

Juzgando por las continuas risas y aplausos del público, el resto de los asistentes se llevaron la misma buena impresión que yo.  En mi opinión, una de las claves del éxito de la función fue el estilo de títeres. A diferencia de los clásicos títeres movidos por hilos, que es lo que yo me esperaba, me encontré con el estilo bunraku, que es el nombre genérico del teatro clásico de marionetas japonesas. Éste estilo se caracteriza porque el movimiento de las marionetas no se realiza mediante hilos, sino a través del movimiento directo por parte del actor/titiritero, siendo un mismo títere manipulado incluso por varios actores a la vez, con una coordinación impecable. Otro elemento sumamente resaltable es el trabajo vocal; las voces y gesticulación con que los actores/titiriteros dan vida a los personajes es fundamental para lograr transmitir dinamismo y verosimilitud al títere con la fuerza con que estos actores lo hicieron. Sin embargo, creo que lo más importante para el éxito de la función fue el hecho de que los actores/titiriteros fueran precisamente eso, actores y titiriteros. En contraste con los títeres operados con hilos, en donde el éxito consiste en parte en la capacidad del titiritero de pasar desapercibido y lograr así generar la sensación de autonomía del títere, en esta función el hecho evidente de que el títere fuera movido directamente por los actores no distrae para nada, sino que, aparte de ser totalmente fascinante, permite la interacción directa entre los actores y el títere de forma fantástica, convirtiendo al títere en otro actor, o a los actores en títeres de su propio títere. Las rupturas ocasionales y aparentemente improvisadas de la cuarta pared también ayudaron a que el público se identificara y se sumergiera en la trama. Todo esto habría sido muy difícil de lograr con marionetas clásicas.

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Por último, el aspecto que inicialmente me generó mayores dudas sobre la obra fue el humor. Es posible otras personas que vean la obra disientan, pero a mí me gustó, y no sólo eso, sino que estoy convencido que si el humor hubiera fallado, todo el resto de la obra, aun estando igual de bien realizada a como estuvo, habría colapsado. El humor es algo complicado, y su calidad es algo personal, quizá de la misma naturaleza que la percepción de la belleza; no obstante, tal vez un elemento común a la gran mayoría de tipos de humor es el manejo de los tiempos: la cosa precisa en el momento preciso, el kairós griego, y Titeres porno lo tiene muy bien manejado.  El humor de esa noche fue además bien recibido por varias razones. En parte es el complemento perfecto para una función de títeres porno; es bien sabida la gran utilidad del humor para manejar tensiones sexuales, esto lo sabe cualquiera que lo haya pedido con un chiste o doble sentido pues esa es precisamente la función social del humor, decir lo que no se puede decir sin temor a las repercusiones ya que siempre se puede apelar a que era un chiste o a un problema de interpretación. El humor es el señor de los eufemismos.
Otro elemento humorístico que ayudó a que el público se conectara fue la gran mezcla de voces y diálogos idiosincráticamente colombianos, tanto en dialectos como en imaginarios, que lograron generar aún más empatía en los espectadores. La mayor prueba de que no falló la obra en humor es que, pese a lo frecuente que éste fue, y aun ante el inminente riesgo de volverse monótono, siguió dando risa, y fue precisamente porque, gracias a todo lo anterior, los chistes pudieron ser variados en momento y naturaleza, permitiendo a su vez gran fluidez, aun en escenas sumamente explícitas.

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En total fueron seis actos, contando el cierre (si mi memoria no me falla). La gente dio un gran aplauso a los actores y al encargado de luces y sonido, pero luego salió rápidamente. Daniela y yo esperamos un poco, agradecimos a Andrea por habernos ayudado, y gracias a ella pudimos hablar unos minutos con los actores; un total de tres mujeres y dos hombres, a quienes felicitamos personalmente y les hicimos algunas preguntas sobre la obra, las cuales respondieron muy amablemente y que enriquecieron este texto.

Pese a que no tengo conocimiento de cuándo volverá a presentarse el ciclo de títeres porno, recomiendo totalmente la función para todo aquel que quiera reírse un buen rato con algo diferente y poder admirar la impresionante habilidad de este equipo de actores.

 

Agradecimientos: Andrea Martínez, equipo de actores “Títeres porno” y Asociación Colectivo Teatral Matacandelas.