¿En Colombia se habla el mejor español del mundo?

Texto: Daniel Moreno
Ilustración: Fernanda Maya

JubiloInmortal

¿Quién que se precie de ser colombiano, o que haya vivido unos cuantos años en este conspicuo terruño, no ha escuchado alguna vez la jactanciosa sentencia: “En Colombia se habla el mejor español del mundo”?; es más, ¿qué colombiano que lo haya escuchado no se ha sentido invadido por un profundo sentimiento de orgullo patrio y, posteriormente, se ha ufanado de esto en alguna ocasión? ¿De dónde surgió este axioma chibcha?, nadie lo sabe a ciencia cierta, aunque seguramente es de los mismos creadores de “El himno de Colombia es el segundo más bonito del mundo, después de La Marsellesa”. Si el dialecto hablado en la tierra de García Márquez (o, bueno, por lo menos donde nació) es el más eximio de todos cuantos existen en esta longeva lengua, es lo que vamos a tratar de dilucidar a continuación.

Lo primero de lo cual un lector inquisitivo podría haberse percatado ya, sobre todo si es colombiano, es que en nuestra tierra no hay un solo dialecto, sino una miríada de variedades lingüísticas, cada una relativa a una región particular, y cada una es, en general, una amalgama entre la herencia cultural y los acontecimientos históricos de dicha región. Hay español bogotano, boyacense, costeño, llanero, pacífico, paisa, vallecaucano, por nombrar sólo unos cuantos; y cada uno con sus particularidades de vocabulario, jergas, uso pronominal y fonética. Entonces surge la réplica sincera: ¿A cuál dialecto se refieren (¿quiénes?, pues los mismos del segundo mejor himno) cuando dicen que el español de Colombia es el mejor del mundo?

Es bien sabido que exclamar que algo es lo mejor casi siempre levantará espuela, sobre todo si ese algo está tan intrínsecamente ligado a una cultura y el orgullo colectivo de una nación, como es el caso de un dialecto lingüístico. Ya se podrá imaginar el lector la trifulca que se formaría entre un grupo sólo de colombianos tratando de decidir de qué región es el dialecto que ostenta el título, ¡ahora imagínense el efecto internacional de dicha auto-proclamación! ¡Reacciones de visceral indignación desde varias partes del globo! Un español nos diría  probablemente: “¡Qué coño estáis hablando, gilipollas, cómo va a ser el mejor español el de Colombia, ¿acaso habéis  escuchado preguntar a alguien de dónde es el mejor champagne o el mejor tequila?!”, lo cual equivaldría a decir que todas las denominaciones de origen aseguran la calidad, cosa que no siempre es cierta, especialmente con el Café de Colombia que nos venden a los colombianos comunes y silvestres (cualquier similitud con la calidad del español colombiano puede no ser una simple coincidencia). En todo caso, frente a cada nacionalidad hispanoparlante recibiríamos alguna cáustica protesta; un argentino nos echaría en cara a Borges, Cortázar y Sabato (y quizá muchos le daríamos la razón, espontánea e ingenuamente, si todos los argentinos hablaran como escribían esos tres); un mexicano esgrimiría el recurso de que las traducciones usualmente son hechas en español mexicano por razones evidentes (¿evidentemente geográficas?); y un chileno probablemente nos diría algo que no entenderíamos.

Y es que la creencia de que en cualquier otro lado, que no sea la tierra propia, se habla mal, más allá de un orgullo inocente, también puede surgir por lo fácil que es que se dé un malentendido entre hablantes de distintos dialectos del español. Si, por ejemplo, estuviera yo recorriendo las frías calles de Bogotá con alguien de México, y le dijera que “me caería muy bien una chaqueta para el frío”, probablemente mi acompañante se llevaría una gran e incómoda (o, quién sabe, quizá grata) sorpresa, pues seguramente pensaría que me quiero calentar de cuenta del mero efecto de la fricción, ya que, mientras que en Colombia chaqueta equivale a un tipo de abrigo, en México este término se usa con frecuencia para referirse a la masturbación masculina. Ejemplos como el anterior, hay por centenares, y esto nos permite darnos cuenta fácilmente de que el español es una lengua muy diversa, compuesta de muchas variantes, a lado y lado del Atlántico (y hasta en Filipinas), que interactúan y alimentan de forma retroactiva a un idioma que, catalizado por las peculiares condiciones del mundo actual, cambia a pasos agigantados.

Más allá de todo lo anterior, de todos los chovinismos heridos y todas las fronteras cerradas, y recuperándonos de todos los puños, tortas y piñas a los que los malentendidos nos hicieron merecedores, lo realmente importante es que esta diversidad lingüística nos permite plantearnos el interrogante de si es realmente posible tener un referente del español ideal, sobre el cual juzgar los otras variaciones como más o menos correctas, y ése es precisamente el punto crucial de esta disquisición. Un “lenguaje ideal” tendría que ser estático, completamente inmutable desde su origen (suponiendo que se pudiera determinar el origen verdadero de siquiera una cosa) y por los siglos de los siglos, pues cualquier variación podría ser considerada como un error, una imperfección con respecto a la versión original; pero es bastante evidente a la intuición que así no funciona el asunto. El lenguaje humano es dinámico, cambia en el tiempo; la analogía puede volverse literal y lo literal, analógico; de este modo hoy se puede hacer “prensa” incluso con medios virtuales y tenemos gente que se “muere” de la pereza de leer un periódico físico. El lenguaje es un elemento inherentemente ligado a la naturaleza humana, y como tal se transforma a través del tiempo. Así como se han transformado los seres vivos desde hace aproximadamente 3500 millones de años, ha cambiado también la forma de saludar respetuosamente a alguien en los últimos cinco siglos. El español actual es muy diferente al español medieval, y también al del Siglo de Oro, esto es algo que hasta un niño de diez años podría concluir con leer las primeras páginas del Cantar del Mío Cid.

Facultado por el azar y una tendencia intrínseca a la variación que yace muy profundo en la naturaleza de la comunicación humana, los lenguajes cambian para permitirle a la humanidad expresar de nuevas formas las realidades de su tiempo. De este modo, a partir de los cadáveres de viejos conceptos muertos, surgen conceptos nuevos, nuevos sentidos que permiten a su vez transformar la concepción del mundo que les dio origen. La pregunta de cuál dialecto de español es el mejor es, en esencia, igualmente ingenua que preguntar cuál de todas las lenguas romances es la mejor variación del latín. Quizá no sea una metáfora demasiado arriesgada decir que los lenguajes que están vivos cambian, mientras que los que no cambian, están muertos o son a lo sumo fósiles en los que apenas se puede adivinar la osamenta de lo que alguna vez fueron.

El lenguaje, como parte fundamental de la humanidad, cambiará siempre junto con ésta, y mucho más rápido que otros elementos arraigados en la condición humana como la tendencia obsesiva a jerarquizar todo y alimentar vanidades de formas cada vez más sofisticadas. Los discursos que exaltan una cosa y vilipendian otras casi siempre terminan tendiendo hacia la destrucción de lo que se desprecia, legitimándose en la “ley natural” que les otorga la inobjetable superioridad de lo que defienden. La idea de una mejor variedad de un mismo lenguaje, vinculada de forma inseparable a la idea de superioridad de quienes la hablan, es una idea a la cual le subyacen impulsos peligrosamente segregadores, aun cuando probablemente todavía se encuentren en un estado embrionario y aparentemente inofensivo.

Talvez deberíamos seguir el buen ejemplo de la Real Academia Española de la lengua (RAE), y ante la inexorable naturaleza cambiante de los lenguajes humanos, en vez de andar preocupándonos por dónde se habla más parecido a Cervantes o Calderón de la Barca, veláramos “por que la lengua española, en su continua adaptación a las necesidades de los hablantes, no quiebre su esencial unidad”. Si apreciáramos nuestro idioma más allá de pretensiones esnobistas o deseos de exaltación de lo propio, haciendo lo posible por encauzarlo y conservarlo, de modo tal que podamos seguir gozando del gran beneficio de poder comunicarnos con más de 500 millones de personas, seguramente los nietos de nuestros nietos podrán también tener la fortuna de maravillarse con la prosaica genialidad de Sancho Panza y con la belleza sublime de cada verso del monólogo de Segismundo.

*Comentario final: Recuerdo un muy buen texto escrito por Daniel Samper Pizano en 2012, llamado ¿El español de Colombia es el mejor? El autor finaliza el texto con la siguiente frase: “Quizás es cuestión de idiosincracia. Nos enseñan los corridos que el mexicano está dispuesto a matar por una mujer. El colombiano, solo si aparece escrita con g”. Hasta la fecha no he podido saber si el que idiosincrasia esté escrita con c al final fue una sutileza genial, totalmente intencional, o si es simplemente la prueba fehaciente de lo inevitable de la transformación de los lenguajes.