Breakfest. Y lo que Medellín aprendió de cómo hacer festivales

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Por Maria Paulina Arango.
Fotografía por Juan Sebastián Villa

 

Uno pensaría que es muy difícil poder asistir a un concierto de una banda de la talla de Franz Ferdinand en Medellín, que es aún más difícil verla en compañía de otras grandes bandas, por nombrar algunas, Miami Horror o Los cafres, y que de ser posible tendrías que verlo dentro de una cantidad absurda de gente.
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Uno creería que estos espectáculos sólo se pueden lograr en lugares como el Estadio Atanasio Girardot o la Plaza de Toros La Macarena, y que para entrar habría que lidiar con una eterna fila.
Que cuando finalmente ingreses estarás incómodamente rodeado de gente, viendo a tu artista desde una pantalla, y que si de casualidad eres de poca estatura, solo habrá audio amortiguado para ti.

Todos nos hemos preguntado ¿Realmente vale la pena?.
Si hablamos de comodidad, se puede disfrutar de la música con amigos, bebidas y comida si se quiere. Todo desde la comodidad de una casa. Es por esto que el concepto de concierto viene perdiendo peso y credibilidad. A la gente le aburre pagar altos costos, hacer largas filas, estar mucho tiempo de pié, incómodo y apretujado, todo para vivir una experiencia a medias.

Medellín convocó a Madonna y Beyoncé, y anda a la espera de los Rolling Stones, por nombrar algunos grandes de la música. Y aunque la capital antioqueña viene ganando relevancia para inversionistas y músicos, los paisas no dejamos de soñar porque aquí también se puedan hacer grandes eventos.
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Uno fantasea con tener nuestro equivalente a Coachella o Lollapalooza y lo ve lejano, casi tan lejano como ver nieve en este pueblo rodeado de montañas.

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El 4 de octubre la ciudad recibió una sacudida, Breakfest puso a sonar las montañas, y le dio lel espacio a la ciudad y a sus habitantes de soñar, sentirse parte de otra realidad y aportar a lo que Medellín considera un festival. Porque Breakfest rompió con el paradigma de pasar bandas por un escenario como en una fila, y luego mandar al público para la casa. En vez de eso utilizó a su conveniencia un espacio que nadie esperaba. El parque norte. Y permitió montar en carros chocones al ritmo de Slow Hands, recostarse con los amigos en un picnic mientras Los Cafres tocan y bailarse a Bomba Estéreo y Crew Peligrosos, entre muchas otras cosas.
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Lo que deja claro Breakfest es que un festival musical puede ser más que pintarle un ambiente y una experiencia al público, independiente de qué bandas suenen, genera una identidad del evento y lealtad del público. Se puede ir más allá, se pueden hacer volar los sentidos y entrar en un juego de exploración de emociones al ritmo de la música.
Entender que un festival musical no es únicamente la música es el primer paso, a eso es lo que creemos que deben apuntar los festivales y su público.
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Breakfest le demostró a Medellín que no tenemos que viajar para tener estas experiencias, que sí es posible traer grandes bandas y lograr un increíble evento que se salga de la rutina y lo cotidiano.

Si la experiencia que buscas está en el lujo, ver gente linda pasearse con sus piñas coladas en lo más cercano que Medellín tiene a un picnic en la playa. Si quieres olvidarte con dulces sonidos de tu rutina de estudio o trabajo. Un buen festival te ofrece por un día ser parte de una realidad alterna, ver todo con otros ojos, y aprovechar espacios de la ciudad que ya considerabas No-lugares como el Parque Norte, al que seguro pensabas no regresar por ser “demasiado viejo”. En estos casos vale la pena dejarte llevar y vivir una tarde increíble.
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El reto continúa. La ciudad necesita nuevas apuestas, nuevas oportunidades y nuevas historias que no teman ser contadas. En Medellín no deberíamos fantasear con los proyectos de otros. Nunca tendremos Tomorrowlands, Coachellas, Stereopicnics ni Wackens. Pero podemos crear los nuestros,  y eso suena mucho mejor.
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