Violencia con amor

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El legendario “Tetillitsu” milespadiano

Por Juan Sebastián Villa.
Fotografía por Fulana.

 

En Mil Espadas el bullying es cariño, dijo alguna vez en una entrevista Pablo Ortiz Morales, vocalista de 4 Cabezas y parte de la mesa directiva de Mil Espadas, corporación pionera del Soft Combat en Colombia. Pablo dejará pronto el país para dirigirse a España a realizar su maestría en Narrativa y regresar a Colombia con el fin de continuar aportando a su comunidad de manera musical y educativa.

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Si usted se pregunta ¿Qué tiene de educativo pelear con espaditas de foamy? Tal vez usted no necesita de lo que propone Mil Espadas. Porque muchos pueden lidiar con su conflicto interno tomándose un té, leyendo un libro o fumando afuera del trabajo quince minutos. Pero hay momentos en la vida, y vidas que en bastantes momentos necesitan lidiar con su violencia interna de manera agresiva y lucharle al fuego con fuego. Es aquí donde los deportes de combate tienen algo que una sociedad de mecha corta como Colombia necesita, y que terapias sociales de carácter más rosa podrían no copar.
Pablo el año pasado llevó Mil Espadas a un grupo de niños y jóvenes en riesgo de entrar en las filas de bandas criminales, exponiéndoles un juego dónde sus pulsiones de violencia se hacían lúdicas a través de sentirse caballeros que golpeaban con honor. Pero nada de cuchillos. Me dijo una vez. La semana pasada llevé cuchillos y espadas, y por un momento volvieron a ser…
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Parafraseo, obviamente. Y no digo la palabra faltante porque cada uno en su mente pone la que mejor le suena. Pero Mil Espadas da fé de cómo la simulación de agresión, saneada y controlada como catarsis, une a la gente. Un juego que últimamente convoca a treinta individuos por semana, máximo; pasó fácilmente en esta ocasión por encima de cien combatientes que regresaron al Parque Monumento al Obrero, frente a la Nueva Vila de Aburrá, para despedir de manera foamydable a Pablo, también conocido como Nagash.

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Y hay que admitir que algo de poético tiene lesionarse por un amigo, porque aparte de sonrisas y burlas hubo manos cortadas, articulaciones torcidas, cejas abiertas y una fractura longitudinal en un pulgar como cereza para un pastel lleno de morados y hematomas. Éste no fue un juego para novatos ni para jugadores ocasionales. Ex jugadores con más de 5 años sin levantar una espada volvieron a empuñarla, y todos tenían claro que el nivel de dolor de ese sábado sería memorable. Por ahí dicen ellos que los parceros que se golpean juntos se quedan juntos. Es de ahí que viene la pacificación, me atrevo a decir. Es en el sentir dolor y no replicarlo en el otro con rencor en
donde Mil Espadas junto con otros espacios de simulación bélica logran que tras una tunda de campeonato dos contrincantes se sienten juntos a tomarse una cerveza con el corazón liviano y los brazos deshechos. Bien se ve en el MMA. Pero Medellín es Medellín y la violencia aquí tiene una identidad.
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La noche ya había caído. Con parsimonia todos se cambiaban y recogían sus pertenencias parados en la plataforma al lado de la antes media concha acústica que la Nueva Escuela de Pensamiento reclamaba por primera vez ese sábado como su espacio de intercambio de conocimientos. La paz y amor a un lado, la violencia con amor al otro… Entonces desde el monumento se escuchó una moto frenar. Cuatro disparos de pistola cortaron las sonrisas de ambos colectivos. Uno en nacimiento y el otro en feliz pérdida. Un tiro primero, luego silencio y después tres estallidos más para asegurar la muerte. Y la moto arrancó con prisa para perderse en un segundo. Tal vez la violencia de esta ciudad tiene consciencia, y con ese ejemplo quiso recordarle a estos dos colectivos que sus dedos son largos y sus lacayos precisos.

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Pablo se va para España el lunes que viene, y desea regresar en dos años con herramientas nuevas para herir a la violencia con rimas, niños que se creen caballeros con total convicción y espadas de espuma que rompen caras sin dañar sonrisas.

Ojalá a la violencia se le olvide para entonces de cómo herir.