Wackenland

 

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Por Juan Sebastián Villa Ortiz.
Fotografía por Juan Sebastián Villa, Jens Nolte, Mariam von Phandl y Manuel ‘Apes’

(Galerías completas al final del artículo)

La gente no va a Wacken por las bandas, no se pegan el paseo al equivalente alemán de Santa Rosa de Osos porque ahí se hace el festival de metal más grande del mundo. Tampoco lo hacen precisamente porque cada show de Motörhead podría ser el último para Lemmy.

80.000 personas van a Wacken Open Air por la misma gente que llena el festival. Y si quiere una prueba, basta saber que dos días después de finalizada la edición de este año, las 80.000 boletas para el show de 2015 se vendieron en menos de una hora (sin anunciar una sola banda). Esto para nosotros que todavía tenemos en nuestras líneas a quienes radicalizan su metalitud con las bandas que han escuchado académicamente, y que en los conciertos vemos a los otros como obstáculos para estar más cerca del ídolo. Nos es simplemente incomprensible.
Cubrir Wacken era para mí un sueño, y lo que lo envolvió fue una serie de eventos afortunados. Pero si tuviera que elegir el principal, tendría que ser que tras perder a mi compañero para el festival, di con Jens Nolte, fotógrafo veterano del W.O.A y guía local para este extranjero a la nación del Metal. Desde que tomamos la autopista 1 al norte en su auto, el espíritu de Tierra Santa comienza a sentirse. Cada tanto se veía otro vehículo con las iniciales W.O.A en el vidrio trasero, y con dos o tres personas llevando con la cabeza el ritmo de alguna música metálica.

 

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Admito que cuando vi en los mapas del evento el mote “Tierra Santa”, lo tomé por simple mercadeo, pero tras llegar y encontrar al staff más amable de cualquier festival que haya cubierto, el nombre empezó a calar.
Por 5 de 365 días, Wacken no es un pueblito, es la nación más amable y metalera del mundo. Pero para pertenecer a ella hay unas cuantas reglas a seguir. Yo no acostumbro beber cuando trabajo, pero tras dar una vuelta el primer día con mi cámara y mi chaleco táctico y no saber si la gente se reía conmigo o de mi, seguí el germano consejo de Jens y me zampé una cerveza. De ese punto en adelante todo fue claro.

Regla N.1. En Wacken nadie se toma a sí mismo muy en serio (y todos se tienen que tomar mínimo una).

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Tras cruzar esa barrera, toda fricción se esfumó para mi. Moverme entre las masas de melenas y camisas negras era simple, y el único problema de pedir una foto era que de no ser rápido, los amigos del retratado, y posteriormente los extraños más cercanos formarían un abrazo grupal haciéndole caras al lente. Los fans me preguntaban si yo era un personaje jugable en Call of Duty, me tomaban fotos o me ofrecían aún más pola.

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No es que no haya hijos de puta. Es que son tan pocos y tan poco visibles que lo amigables y sonrientes que son los demás hace que se te olvide de inmediato. La intolerancia es eliminada de manera masiva al instante que se la avista.
Todo en Wacken es Metal. La recepción de la sala de prensa está hecha con parlantes y cajas para equipos musicales, los campamentos están decorados (así sea con aerosol) al mismo nivel que los pasadores dentro del festival presentan las magníficas fotos del año pasado de Pep Bonet, fotógrafo de We the people of Wacken. Y desde el primero de seguridad hasta el último del staff son tan metaleros como el mismísimo Eddie. Lo extraño es que de cada 10 camisetas negras, 8 llevan un cráneo de vaca.

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Instalarse en la zona de camping VIP fue una experiencia conflictiva. Mientras mi costumbre y presupuesto me llevaron a organizar mi estadía alrededor de carpa, colchoneta y el auto de Jens, a nuestro alrededor se podían encontrar desde caravanas que transportaban carpas gigantes y todos sus muebles de jardín, casas remolque, y hasta camiones militares que traían su propia ducha, sofás para su techo cubierto con toldo y hasta una palmerita en su matera. La zona es compartida entre staff, bandas de los escenarios menores, prensa, y gente que nunca supe qué hacía allí.
El hecho de que la zona VIP no fuera exclusiva para prensa pudo parecer al principio como una mala decisión logística. Con lo complejo que suele ser el WiFi en festivales musicales, tener gente publicando selfies mientras alguien trata de enviar a su jefe su mejor foto de Accept puede ser un dolor de cabeza. Pero el espacio hace inevitable hablar con el staff, los productores, las bandas de menor calibre y los demás colegas de prensa. La sensación de que todos éramos la tripulación del mismo barco se hacía clara como el agua tras un par de horas.
Admito que con mi equipo militar creí que iba a estar entre los bichos raros de la carpa de prensa. Y no estaba ni cerquita. Wacken es demasiado metal para que a nadie le importe tu kilt, tu sombrero de paja y tus leggins glam, tu chaleco militar o tu falta de camiseta negra. Tampoco hay envidias ni humillaciones freudeanas por el tamaño del lente del otro. Quien no te sonríe, simplemente no te trata.

Regla N.2. En Wacken mirar por encima del hombro puede ser perjudicial para su posicionamiento social y posterior diversión.

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Pero para ser justo, Wacken es lo más parecido a un campo de batalla que he visto como parte de Bajo Asfalto. Este año la logística no coordinó corredores específicos para que la prensa se moviera con fluidez hacia los escenarios desde la zona VIP, y esto convertía movilizarse para cubrir una banda en una travesía a través de campos cubiertos de una intermitente nube de polvo, poblados por miles y miles de metaleros gritando y celebrando. La marcha entre escenarios era larga, el camino hasta la zona de camping aún mayor; pero nada le dió más sentido a ser el fotógrafo táctico que tomar fotos en el foso de prensa. Era una tarea logísticamente hostil. La altura de la tarima suele cortar visualmente al artista a la mitad, y aparte de tener que disparar lidiando con bafles gigantes que segmentan tu visión, una cámara automática sobre rieles suele tener la mala costumbre de meterse justo en tu encuadre cuando estás por tomar tu mejor foto. Sume esto a la presión de tener menos de dos canciones por banda en los escenarios grandes; y vestir para la guerra gana total sentido.
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Pero a la tensión del asunto la contrastan la camaradería de los demás fotógrafos, el respeto y cooperación de la seguridad, y principalmente la relación descomplicada, amable y dispuesta de los fans del evento.

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Las noches en Wacken son un bonito dilema. ¿Me entrego a la fiesta? ¿Duermo bien para trabajar mejor mañana? ¿O me aprovecho de que la primera banda toca a medio día y trato de dormir así el sol me hornee en la carpa? En un lugar donde cada 30 pasos hay una mesa llena de licor abierta a ti tras 10 minutos de conversación, es fácil terminar jugando golf a la madrugada, pasado de borracho, apuntándole con bolas de espuma compacta a los trailers del siguiente campo.

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A la madrugaada no hay gallos, pero a lo lejos desde los campamento se puede escuchar “¡WA-CKEEEEEEN!”, un grito que al dividir la palabra con una pausa evoca al tiempo lema de fraternidad, llamado de guerra y celebración de parranda de ebrios. El grito nunca muere sin que lo respondan de dos o tres lugares más, con la misma pausa al medio y la misma pertenencia. El sol asoma a lo lejos iluminando cientos de banderas que ondean sobre el campamento, no demarcando nacionalidad si no estableciendo presencia.

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No sé si es que no se puede o no se quiere, pero dormir tres horas por noche es un lujo que pocos se dan. La mañana se resume en desayunarse un sánduche, completarlo con tocino ahumado y Monster, desatrasándose con los demás fotógrafos sobre sus insomnes veladas, hacer fila para la ducha mientras se hablan más pendejadas, empacar un par de cervezas y salir a las zonas de camping a cazar fotos, porque lo más loco y extraño que se encuentra en el festival no son dragones ni lanzallamas en las tarimas. Pararse en el borde de la zona de camping significa que hasta donde los ojos puedan distinguir detalles solo se ven carpas, banderas y trailers, y caminarla te lleva de la nada a híbridos entre posada medieval, cambuche postapocalíptico y antro etílico.
Ah. Y camiones. Muchos más camiones con plataformas encima para farrear por lo alto.
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Al contrario de lo que habría creído, los alemanes no hablan todos en inglés (malditas películas sobre nazis y su mala información sobre Alemania), pero una mano con cuernos es, según el contexto: Sí, genial tu pinta, gracias, qué chimba de show, más pola, nos vemos luego, buena noche, y por supuesto ¡WA-CKEEN!
Así que la barrera del idioma suele zanjarse con trago y metal.
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Este abandono de la identidad nacional como algo relevante traspasa la interacción, y desmantela también la apreciación musical. En Wacken no es evidente la pugna porque el Black verdadero es el noruego, nadie parece poner como primer argumento para la calidad de nada la procedencia nacional; y en especial les vale madres que entre banda y banda pueda sonar electrónica desde el escenario (Porque hasta reggae puede encontrarse en los campamentos). Y si en la nación del metal es irrelevante ceñirse al metal como si fuera un silicio de monje, vale la pena preguntarnos si ser tan radicales y preocuparnos tanto por definir la Escena de Medellín es lo que mejor la ha estancado.IMG_1373 copia

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Eso sí, lo anterior no resta una pizca el orgullo por lo propio, y el festival ha sabido aprovecharlo haciendo que el país que lo desee realice su propia selección de bandas en un concurso, para luego llevar a competir a la banda ganadora de cada nación a su propia arena. A esto Wacken lo llama Metal Battle, y Suramérica no tiene a un solo país que envíe su arte. Aunque el premio mayor incluye equipos y contratos con las más prominentes disqueras del Metal, solo el hecho de ganar un Metal Battle nacional tiene un doble efecto. Se muestra lo que un país tiene para dar, y se asegura de que en cada disquera de Metal del mundo las bandas ganadoras serán analizadas.
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Si hay algo que es cierto sobre nuestro metal es que los públicos latinoamericanos son los más ruidosos. Gritan más alto, hacen pogos más fuertes y no paran de moverse ni un instante. Los Wall of Death de Wacken me parecieron débiles, pero en contraste no se insulta a quien quiere pasar, la gente se pone disfraces de unicornios, gorilas, bananos, mankinis a la Borat, y ni siquiera la casi desnudez (de hombre o mujer) causa la menor mala palabra. No estoy diciendo que nunca nadie se rió de mi chaleco tactifotográfico, pero sí lo enfrento a cuantas veces me pararon para tomarme una foto o me saludaron con cuernos en la mano, el mensaje es claro. La intolerancia y la violencia en Wacken no solo es minúscula, es aplastada inmediatamente si alguien la ve.
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Quien asiste al W.O.A. no ve al resto del público como un obstáculo para disfrutar de su banda favorita. Lo ve como una razón más. Y todos tienen muy claro a qué van. Quien lo hace para pasarla bien, y bandas, fans, medios, organizadores y hasta el último gigante de seguridad sonríen y tratan de alimentar esa felicidad en cada interacción. Por otro lado nadie se pasa de su papel. Los fans no obstruyen a los fotógrafos, los ayudan y hasta los escudan dentro del pogo. Tampoco tratan de pasarse a la seguridad. Y la seguridad no agrede a fotógrafos ni a fans. Ni siquiera una columna de autos de policía obstruida por un tipo disfrazado de león que se les sube al capó y les ruge mientras se le riega su cerveza sobre el vidrio es razón para problemas.

Regla N.3. Los aguafiestas se quedan en su casa.

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Y ha de ser la relación del Wacken Open Air como comunidad con Wacken, el pueblo, lo que ha garantizado que perdure como el festival con más años a cuestas (Palabras de Lemmy). W.O.A junto con el pueblo no han permitido que se establezcan supermercados de cadena allí. Los locales convierten los jardines de sus casas en pequeños mercados, bares, y ver a los niños del pueblo vender cerveza de un vagoncito detrás de su bicicleta condensa el respetuoso trato que se nota entre el evento y los locales.
Por mi parte, mi manera de aportar al paraíso fue la transmutación de coffee delight, ese dulce simplón que damos por sentado, en una valiosa moneda con la que agradecía lo que tuviera que apreciar. Y a su modo cada uno hace lo mismo.

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Wacken es una gran familia. Una nación de estandarte de sable con un cráneo de toro en oro. El pogo no está ahí para tragarse a quien no quiere pateárselo, es difícil encontrar un mal gesto si no se lo provoca, Nadie deja caer a quien surfea el público, y cuando la ola te lleva hasta el pasillo previo al foso de prensa, no es raro que el gigante de seguridad que te recibe sonría al verte sentirte en la cima del mundo mientras te señala la salida. Entonces ese pasillo se hace una pasarela donde todos chocan sus manos contra la tuya; y de repente sientes que estás en casa. En un lugar donde podrías jurar que todos te aprecian y te cuidan como si fueras su sangre. Las huellas de manos empolvadas en tu camiseta parecen protegerte en vez de ensuciarte.IMG_1696 copia

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Las noticias anunciaron que este año un fan murió en Wacken,  en el pueblo, atropellado por un auto. Los rumores hablaban de otro que se fue a su carpa muy ebrio, muy temprano en la mañana, y que murió deshidratado sin poderse levantar. Aunque el segundo no fue confirmado por los medios, me atrevo a decir que si se toma una muestra poblacional de 100.000 individuos y se la escanea por 5 días, terminar con dos individuos menos es una lamentable realidad estadística. Lo que sí es claro es que en Wacken la gente se cuida entre ella, se conozca o no. Y que los accidentes ocurren.

Regla N.4. Las tragedias arruinan las fiestas a muy largo plazo. Mantenga sus estupideces libres de riesgo.

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Como fotógrafo de prensa mi shock no solo estuvo en ser protegido por extraños cuando decidí torear a Wacken con Amon Amarth martillando fuerte desde la tarima. Estuvo en que al mirar desde el foso de prensa hacia el público se recibían sonrisas, cuernos y banderas ondeando para todos nosotros. Estuvo en que si te perdías la corta entrada al foso alguien te separaba unas cuantas fotos para completar tu cuota, y un hecho tan envidiable como que te den un codiciado pase al foso recibe solo los más honestos abrazos.
Tal vez solo tuve suerte. Tal vez es solo sentimentalismo y lo que para mí fue un hermoso choque cultural es para los metaleros europeos el orden natural. Y por supuesto todo esto no es más que mi opiniónIMG_2034 copia

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Tras Amon Amarth decidí no cubrir más. Mi equipo palidece en capacidades lumínicas en comparación más, y desde el primer día un buso tipo varsity me había hecho ojitos, pero la cantidad de trabajo me evitó recordar que la tienda para comprarlo estaba en el pueblo. Tras 10 minutos para convencer a Jens de que me acompañara en la eterna caminada para no perderme, aceptó.
Irónicamente, él nos hizo perdernos. Pero fue tal vez el hecho de que ahora aceptaba beber al mismo nivel que él lo que me tenía sin cuidado. Media hora de marcha y llegamos a la tienda oficial de Wacken Open Air.
Schwein Gehabt, en alemán, significa Tener Cerdo, y se refiere a tener suerte. Nuestro Instagram está lleno desde el festival de fotos con un cerdito de Lego llamado Bazofio Alveiro, pero la frase fue mi mantra durante todo el evento, porque hasta cuando la cagué tuve suerte.

Había apenas unos cuantos buzos de la talla y color deseados en la tienda, y al recibir la noticia me apuré la celebración un gran trago de cerveza que tuvo la mala suerte de caer directo a mi garganta, herida un par de días atrás por recibirle a los golfistas franceses tragos de un ron ilegal con más de 70°. El resultado que que mi boca se convirtió en un spray de cerveza que golpeó a la vendedora justo cuando se dirigía a la bodega por mi buzo.
Tuvo mucha rabia, al principio, pero yo no la ví. Mi cabeza se encontraba pegada al mostrador mientras escuchaba a Jens hablar calmadamente con ella, riendo de vez en cuando. Aún así, pausó un momento y me puso la mano en el hombro para decirme: “Estás jodido”.
Pero la historia terminó haciéndole gracia a la vendedora, y tras cinco minutos de reír ella, me entregó la prenda y me pidió que me la probara. Me quedaba muy bien, pero la había comprado así pareciera un babero solo por vergüenza.

Todo terminó bien. Ella sonreía, Jens y yo también, y tras disculparme y agradecerle en alemán, traté de tomar la cerveza del mostrador y terminé regando la mitad del contenido. La vendedora estalló en una carcajada, Jens me arrastró fuera de la tienda, y yo no sabía si reír o llorar.

Regla N.5. No juzgues al ebrio por no comportarse bien. Ríete de él.IMG_1474 copia

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Al regresar la carpa de prensa se encontraba casi vacía. El bar afuera estaba repleto, y tras un par de tragos con los amigos que había hecho, terminamos en el camping VIP tirados en un plástico mirando el cielo. No valía la pena dormir.
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A la mañana siguiente Jens y yo salimos hacia el camping general con Mariam, ahora gran amiga nuestra, a registrar el triste final del festival. El paisaje era desolado, lleno de basura y equipo de camping dañado o abandonado. Algunos campistas buscaban entre los restos equipo reciclable, y los camiones de basura del festival tomaban lo demás. Jens nos dijo más tarde que hubo un incendio a lo lejos, pero no pudimos verlo porque decidimos sentarnos al lado del camino por el que salían los carros a mirar a la gente pasar. Fuimos el presidente y la primera no dama de Wacken deseándole feliz viaje a los que partían, y cada dos o tres autos escuchábamos “Nos vemos el próximo año”, así nunca nos hubieran visto en éste.

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Wacken es un país aparte, una tierra utópica donde durante menos de una semana el negro es el color mas alegre del mundo. El odio manifiesto es aplastado de inmediato y en masa, y ni un borracho con corona deteniendo una columna de policía recibe menos que una sonrisa.

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Sí. Wacken es tierra santa.
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