Por eso es que no podemos tener cosas bonitas

 O de como un par de hinchas se dañan la fiesta del futbol.

Belgica colombia

Por Juan Sebastián Villa.

Yo no soy hincha. La primera vez que me puse una camiseta de la selección fue en el partido con Grecia, y la tercera fue hoy. Yo no sufro si perdemos, pero tampoco veo nada de malo en que se celebren las victorias de un equipo. Si hay que criticar, yo critico al hincha inconsciente. Al que destruye ebrio de victoria o herido en la derrota. Al que le mete su carnaval al otro a la fuerza. A gritos, a golpes, a pitos o a puñaladas.

Como colombianos tenemos todo el derecho de celebrar estas tres victorias, de poner Voto por Pékerman en el tarjetón presidencial y en especial de olvidarnos que tenemos una patria boba y por arreglar. De lo último tenemos permiso hasta esta noche si ganamos, y mañana volver a trabajar a ver si levantamos el rancho.

Así se vio la celebración de la victoria colombiana y belga en Bruselas:

No puedo hablar por el resto de la ciudad, pero en el centro, así como en Flagey, prácticamente cada bar tenía en su pantalla a las 6 pm el partido entre Colombia y Costa de Marfil. La cita éramos un caleño, una belga, un namibio y este paisa, pero terminamos yendo solamente los últimos dos a un pub irlandés frente a la plaza de Flagey. En el local había al menos 20 colombianos que aún estando al otro lado del charco, se trajeron su sombrero vueltiao y su camiseta de la selección Colombia.

No necesito decir qué pasó en ese bar, porque es exactamente lo mismo que pasó en la patria. Se gritó, se sufrió. Se tiraron sombreros al piso al fallar un tiro al arco, y al aire cuando el balón sacudió la malla de la portería de Costa de Marfil. Le guste o no, usted sabe como es un colombiano viendo un partido.

El jueves terminó en victoria. Llegó el domingo y de nuevo estaba en Flagey. Esta vez los que faltaron para el primer encuentro aparecieron junto con otra señorita belga; pero sin mi amigo namibio. Logramos sentarnos casi contra la calle en un bar literalmente a media cuadra del Pub, éste también daba a la plaza. La diferencia era que ese día cada local que tenía un televisor estaba abarrotado de gente con camisetas de los diablos rojos. Si hay una diferencia que debo notar es que nadie se paró en un lugar que le tapara la pantalla a otra persona.

El partido no fue el más emocionante, pero a cada tiro que no entraba la ciudad resonaba, y cuando los de rojo le metían gol a Rusia, la gente hacía exactamente lo que hacen de donde yo vengo.

Los belgas también aplauden a la repetición, le gritan al árbitro, se toman selfies cuando su equipo mete gol. Toman cerveza para pasar los nervios y piden una ronda más si su equipo anota. En Bélgica la gente también sale de los locales cuando ganan, y se encuentra en los parques y plazas. Se suben a los carros en celebración, sueltan humo de colores y pasan en sus motos y automóviles agitando banderas y pitándole a los de la acera por un grito y una sonrisa. Pero se paran en su carro (o en su defecto en el de sus amigos), sueltan humo en la plaza, no arman taco y no llevan la fiesta a donde no la querían en primer lugar. Más importante aún. En Bélgica no aparece en el periódico del día siguiente que en su capital hubo 9 muertos y 15 heridos en la celebración de la victoria de su selección.

Tal vez los paisas somos como los Dothraki (referencia ultra-nerd), y calificamos lo buena que fue una fiesta por la cantidad de muertos que causó. Pero en el fondo el problema es el mismo que tiene toda actividad social. En Colombia la canasta de la hinchada tiene un par de huevos podridos, y los hinchas como colectivo no han sabido controlarlos.

La celebración se convirtió en una extraña mezcla. Antes del partido, en la plaza de Flagey ya había un colectivo bailando salsa y bachata, y cuando los hinchas la terminaron de llenar, las banderas de Bélgica y los cánticos de victoria se mezclaron con la salsa más colombiana que pudieron haber puesto.

Pero por alguna razón, algo tenía que dañarse en la sana celebración. Y cuando tomé el bus para ir a la estación central, conmigo se montaron otros cuatro colombianos con camisetas de los diablos rojos, que no hicieron más que gritar en el bus a pesar de la incomodidad de los demás pasajeros. Se les olvidó tanto que no estaban en Colombia, que lo último que vi de ellos fue que golpeaban los vidrios de un paradero a una cuadra de la estación (como hacen en mi ciudad), asustando a quienes esperaban otro bus, mientras cantaban:

 

‘¡Vaaamoooos. Vamos Colooooombia! ¡Que esta taaaaardeee! ¡Tenemos que ganaaaaar!’

 

Y por eso es que no podemos tener cosas bonitas.