LA TORMENTA

Texto: Annwë Aiwë
Fotografía: David OsorioLa Tormenta - BA

 

La ciudad vacía, fantasmagórica, como un escenario postapocalíptico. El miedo en el estómago, latiendo. La tensión patente en la calle desolada.

-¿Qué vamos a hacer?

-Pues será irnos ya.

Conversamos, mientras el silencio se cierne sobre nosotras. Unos cuantos gritos aleatorios llegan, lejanos, ajenos; sólo sirven para agigantar la densidad silenciosa que camina entre nosotros.

-Mañana nos van a doler las piernas, seguro.

-Es mejor irnos ya…

-Sí, es mejor.

-En estos momentos me gustaría creer en dios…

-Llámame cuando llegues, por amor al dios en que no crees

-Claro que sí.

La música como segunda compañía, y la sensación de huida en la piel. Se afronta la avenida, siempre repleta, hoy sin embargo cansada de tanta ausencia. Ausencia tensa, palpable, como una respiración contenida. Lo que logra es intensificar el apuro. Y adelante, a pedalear con fuerza, lo más rápido que lo permitan las piernas.

Un cruce, solitario. Segundo cruce, vamos bien. De repente salta a la vista una conglomeración en un local, detenida, los ojos fijos en una pantalla. Casi paralizados, sin respirar, como en un rito religioso. Cuando de pronto, los primeros indicios. Un grito, una motocicleta a toda velocidad, un bus que pita desenfrenado. Y entonces explota. “Hijueputa, no alcanzamos a llegar” La descomunal locura colectiva, producto de una alegría ínfima, se abalanza a las calles, demente, incontrolable. Como si se hubiera acabado el mundo. “Se enloqueció este pueblo, otra vez”. La euforia inconsciente se hace realidad, y la llegada se hace urgente. Nosotras, ajenas al sentimiento colectivo, sólo deseamos la tranquilidad del hogar. Y pedaleamos con fuerza, casi con desespero, esquivando anticipadamente todos los locos, los imprudentes, los embriagados.

Un ligero alivio aparece en el pecho con la entrada al barrio, la cercanía del hogar. La ilusión de la seguridad. Comienzan a salir por montones de las casas, y sólo se anhela la llegada tranquila. Finalmente, la puerta, la casa. Vacía, cosa extraña. Entrar, cerrar la puerta, y tratar de aislarse de la realidad vivida. Un vaso de agua y, finalmente, la palabra:

-¿Cómo les habrá ido a los otros?

-Ni idea… esperemos que llamen.

-Una mísera alegría, que no nos importa, casi nos mata de un susto. Siquiera se acabó ese marica partido.