Sobre una noche

LugarenlaCiudadColor

Texto. Sara María
Ilustración. Fernanda Wassermoth

Era mi lugar. Mi silencio. Mi dolor. Mi frío.   Era mi noche podrida, de pelo recogido, labios rojos y calzones azules. Era el miedo mordiéndome los pies, mi cara pálida, mi risa ahogada. Era mi falta de vergüenza, mis ganas de vértigo, el eco de otros ojos, para morirse, para caer descaradamente de placer. Era la guitarra del tipo con pelo hasta los hombros, que me encontraba superflua, si me miraba de lado, e ineludible, si metía su pupila en mis pestañas. Era mi pulgar, bailando en la copa de vino tinto, el olor suavecito a madera y cerezas, la pared del fondo, el color de la nostalgia. Era la suerte que me abandonaba a un jazz de Guillespie, la ansiedad por verlo en la silla del lado, con un cigarro entre los dedos, para respirarle el humo y las soledades. Era la mesita de madera perfectamente tallada. Los libros en el suelo. La hamaca esperando por mi mareo instantáneo, ante la belleza rojiza de mi vino compañero. Afuera, la ciudad bailaba, daba brinquitos de gusto sobre el asfalto y me extendía los brazos satisfecha. Era la pared de atrás, con una pintura amarilla que me contaba la historia de la sonrisa que yo tenía dormida. Era la señorita que tomaba las órdenes, sus piernas fuertes y los dos del lado que se decían un montón de palabras tibias. Era el suelo de ese lugar, que me sostenía los pies temblorosos de dudas. Era Ambar Viletazul, disfrutando el ritmo de mi sangre moribunda, mirándome los dedos, acariciar la página 68 de un libro que tenía por nombre “El Museo de lo Inútil” y que esa noche me cantaba el amor, en sus formas geométricas. Estaba sola, sí. Pero ese lugar me metía en un lienzo gigante, me pintaba a blanco y negro con pinceles de punticas adoloridas. Y era feliz. Ese era el lugar, cómplice de mi despojo.