La Ciudad Desde una Bicicleta

Texto: Ana María Botero

Ilustración: Valeria Uribe

Ciudad Bicicleta - Bajo Asfalto

De vez en cuando camino por alguna calle conocida y no sólo pienso, sino que veo, dependiendo de lo que la miopía me deje ver, la gente que pasa y camina como yo. Después de varias caminatas solitarias vi una bicicleta, que me transportó a una época que no viví y con un color azul que se adueñó de mis sensaciones y me llevó hasta el cielo.

Corrí a mi casa al terminar de ver pasar la bicicleta azul, saqué mis pocas monedas, hablé con el jefe de la casa y entre los dos ahorramos para comprar una bicicleta de una tienda llena de pequeños sueños de navidad o regalos de cumpleaños, tal vez de deseos de diversión… “Bicicletas Leo”, la tienda de mi barrio.

Había bicicletas rosas, verdes, negras, extremas, delicadas, gordas y delgadas, pero la mía parecía hecha con manos de ángeles. Azul mar y con el sol azul cielo; canasta para guardar recuerdos y pertenencias; luz para alumbrar poco y poder ver la ciudad con sus estrellas y sin espejos para no ver lo que pasó, sino lo que viene.

Cuando la conducía por primera vez, de forma inexperta y temblorosa, vi la ciudad que nunca había visto, vi el color del viento y anduve por lugares que caminando nunca pude recorrer. Me detuve para ver arriba y abajo, no sólo veía las personas andar, sino a sus perros correr, los autos cerca de mí y las luces que de día no se ven, pero que la noche despierta.

Un día un chico me preguntó qué lugar de la ciudad prefería y no supe qué decir; cualquier lugar con una buena compañía podía ser el mejor lugar de la ciudad. Conocía los puntos “mágicos”: mangas con música y arte, bares con buen ambiente y lugares culturales que se supone que  es la mejor recomendación para un turista.

Para mí la ciudad en sí era magnífica, de noche y de día, con todos sus carros y con sus miedos. Yo no entendía que era tener un lugar sagrado en la ciudad, y en realidad después de saber cuál era, no era un lugar en sí, sino una experiencia.

Llevaba días montando en mi bicicleta, estaba en el cielo llamado Medellín. Cuando tomé un descanso, a beber agua y comprar un cigarrillo para después, levanté la mirada y vi edificios que aunque sean altos, dejan ver el cielo y  supe que mi lugar favorito en la ciudad es donde pueda pasar en mi bicicleta, parar y entre el color ladrillo y el gris del pavimento, puedo encontrar el azul mar o el azul cielo que me gusta, que pueda mirar hacia arriba y pueda sentir lo mismo que siento montando bicicleta o viviendo donde vivo, que es ese lugar dónde pasa de todo sin pasar mucho.