Memorias y sueño

Texto: Camila Rodríguez.

Ilustración: Laura Blandón.

Memorias y sueño - Bajo Asfalto

I

Estaba en el mar; soy una mujer de tierra firme, sin duda. Mi cuerpo, especialmente mi estómago y mi cabeza, aún siente el mareo, tras haber bajado de la lancha luego del recorrido por un paisaje que no pude disfrutar mientras lo atravesaba. Tres horas de viaje sentada en la parte de atrás, la menos dura, de una embarcación que pretende sacarme de ella con sus movimientos al mejor estilo lowrider.

Salió desde Turbo, un pueblo costero que todavía es Antioquia, donde el calor de la tarde hace pensar que es el infierno (eso lo comprobaría al regreso, esperando siete horas eternas para volver a Medellín). El destino era Capurganá, un paraíso de arena gruesa y mar azul con manchas oscuras de fondo coralino. La parada, que me dió el abrebocas de lo que sería el sentimiento al final del recorrido, fue en Triganá; una playita donde tuve la mala idea de comer Manimoto, en vez de Mareol, para llenarme por el resto del viaje. Ya iba mareada, con el interior revolcado del vértigo, los nervios del primer viaje sin familia y el mar.

La segunda parte fue peor. El Atrato dejó de mezclarse con el Atlántico y las vetas en diferentes tonalidades de café, desaparecieron. Simón V (¿qué habrá pasado con las cuatro anteriores?), la lancha, tenía propulsores nuevos: dos motores recién cargados y arreglados en la parada previa. Eran las once. Íbamos más rápido que nunca, rompiendo todas las olas que se atravesaban en nuestro camino, y prometiendo hacerme volcar los intestinos; por fortuna no ocurrió y pude llegar a mi destino con todo adentro, incluídos el Maní y la emoción nerviosa por empezar una semana de descanso.

II

Hablar sobre transporte nos hará recordar antiguos viajes. En carro, en bus, en chivero, en moto y hasta en avión. Pensaremos en esos paseos donde nada podría haber salido peor; así resten tres llantas por pincharse, el aire acondicionado quiera colapsar luego de bajar la montaña y una marea de baches haga quejar a la tía hasta llegar al destino. Algunas llegarán al pensamiento por lo buenas que fueron; por la comodidad del bus que te permitió dormir tres horas seguidas, por la resistencia todoterreno de las llantas y los amortiguadores y por la buena música que el primo copiloto decidió empacar a última hora.

Por las montañas, por las planicies. Caminos curveados, rectas infinitas. Carreteras panamericanas, trochas embarradas. Peligro deslizamiento de banca, peligro falla geológica.

Luego recordaremos algunas historias de ciudad, como pilotos, copilotos, pasajeros o transeúntes, dentro de las calles caóticas en hora pico, donde todos quieren llegar a casa pronto, pero el tráfico excesivo lo retrasa. Maldeciremos constantemente, porque en una ciudad que crece hacia arriba, el valle y sus vías se vuelven insoportables para el cuerpo y la mente, cansados y estresados. Estará la varada, la grúa que no llega, los carros que pitan detrás del tuyo porque el semáforo ya cambió a verde y vos seguís ahí, estancado, y tu desesperación por no tener batería en el teléfono para insistir. También sacudirán tu memoria los momentos agradables; la excitación del primer viaje en moto con casco grande y el viento en la cara, los recorridos loma arriba en el volco de la camioneta verde del vecino, las carreras nocturnas por las calles desiertas y la compañía, la buena, que hace el viaje ameno y soportable

Por la subida, por la bajada. A mano derecha, hacia la izquierda. Semáforo en rojo, semáforo en verde. Solo bus, prohibido parquear en esta cuadra. Voltee en la próxima cuadra, esta es la última parada.

Habrá cosas que no nos preguntaremos frecuentemente, quizás nunca. Cosas que solo notamos cuando el señor de la bomba nos recuerda amablemente mientras el tanque del carro se llena. “¿Quiere que le revise el agua, el aceite, el líquido de frenos?”. ¡Verdad que existen!, dispara nuestra cabeza. Del precio de la gasolina nos enteramos por las noticias en televisión o en la radio, que ya casi ni escuchamos. No nos interesarán demasiado los cien pesos de alza; total, hay que seguir andando para llegar, de nuevo, al punto de partida de nuestra rutina.

III

Sobresaltada. La ayudante de la ruta escolar me despierta amablemente para informarme que es mi turno de bajar, que he llegado a la portería de mi urbanización. A medio despertar, con el sueño que venía soñando aún pegado en los párpados y las sensaciones por el cuerpo, agarro mi morral verde militar (poco femenino y con manchón de tinta azul), la lonchera amarilla de Dorothy y el poco ánimo que me queda, luego del tedioso día de colegio, para descender del bus y caminar la cuadra restante hasta mi casa. Compruebo, rápidamente y de soslayo, que soy la última del recorrido. Sigo medio dormida, y la hora y el clima no ayudan para sacarme el sopor de encima. Resbalo en las escalas. Caigo sentada en el último peldaño con los pies fuera de la buseta y las cosas en el piso. Son las cuatro y cuarenta y tres. Ya podrán imaginar el por qué de mi caída

Hoy me he pasado de estación. No por culpa de la señorita del metro y su voz particular sino por la falta de ella en el bus de Caldas, en la autopista hacia el sur. Debía bajarme en Ayurá, subir las escaleras para atravesar el puente del metro, coger por la izquierda, subir toda la canalización y finalmente, seguir por la loma que antes me ahorraba con el transporte del colegio. Todo ese trayecto en veinte minutos bajo el sol envigadeño de cuatro de la tarde, desde que dejo el bólido blanco y azul. Pero hoy no me he despertado a tiempo; lo hice, sorprendida, a mitad de recorrido entre Ayurá y Envigado. Puse mi mejor cara de “no pasó nada, todo está bajo control”, tomé los mil ochocientos del pasaje (que se paga antes de bajarse) y descendí con las monedas en la mano. Resbalé igual que en el recuerdo anterior, solo que esta vez todos me habían visto caer; los pasajeros que iban sentados y los que esperaban su turno para entrar en el auto atestado y caluroso. El señor del bus pitó. Aturdida, tardé en comprender que seguía con el pasaje en mis manos. Se las entregué con una leve sonrisa apenada y por fin pude bajar, no sin antes, resbalar de nuevo.

No todos tienen la habilidad para dormir dentro de un vehículo en movimiento de cualquier tipo. Quizás no se sientan con la confianza de embarcarse hacia el mundo de los sueños mientras desconocidos los observan mover involuntariamente alguna parte de su cuerpo por la abstracción inherente del momento. Otros no sienten la necesidad imperiosa de hacerlo, y prefieren contemplar (y reírse un poco) de los que nos damos esos minutos de placer. Puede que dentro de la cabeza de los que siguen despiertos se esté maquinando algún plan para atormentar eternamente a los que logramos dormir, pero seguro piensan en los sucesos de su día porque aún no me pasa nada.

Lo de dormir lo aprendí desde que entré, en el 2005, al nuevo colegio.Queda en La estrella, yo vivo en Envigado, y el recorrido podía durar más de una hora, nunca menos que eso. No me importaba hacer “amigos de viaje” así que desde entonces, aprendí a dormir en ambos trayectos; ni Agustín Rendón pudo evitar que en el Éxito de Envigado ya estuviera en los brazos de Morfeo. Nada cambió cuando me pasé para La Estrella, donde mi tía, por año y medio. Así que, también, me eduqué en el arte de dormir quince cortos minutos (y soñar).

Eso hasta el día de hoy. Ida y venida de la universidad y con cualquier compañía. El por qué será el gran misterio a descifrar mientras espero que, entre sueños, llegue alguna pista.