Huir en Re Sostenido

Texto: Sara María.

Ilustración: Fernanda Maya.

Huir en Re Sostenido - Bajo Asfalto

La vida bailaba en un charco de lluvia clavado en el asfalto de la calle 45.

– Son 1.800, señorita.

– Aquí tiene. Gracias.

La mujer avanzó por el pasillo del bus hacia  el asiento de su lado derecho, junto a una ventana. Se acomodó como pudo al lado de una anciana que luchaba con la gravedad, para sostenerse en su puesto, cada vez que el bus embestía una curva con furia.

– Chofer imprudente – renegó la anciana.

– Vida imprudente – susurró la mujer mirando por la ventana, dejando olvidada en el camino una que otra lágrima insignificante.

Del otro lado de la ciudad, inmóvil, estaba él. Se le asomaba la sonrisa del que tiene prisa por vivir, euforia, poco tiempo y un instrumento en la mano. Esa noche él estaba plantado al frente de la vía principal que comunica a Medellín con el sur. Tenía una guitarra colgada del brazo y la magia colgada del alma. Al lado estaba otro hombre, que siempre lo acompañaba en los días de furia a asaltar los corazones olvidados.

4:18 p.m. y la mujer en el bus seguía mirando por la ventana con el pesar denso, el grito perdido y las manos heladas. Y no es que quisiera arrancarse la desdicha. Ella es de las que las divierte  el vértigo del abismo y caer suavecito. Aérea y zambullida, abrazándose las rodillas.

Era tiempo. El bus se dirigía a las puertas del suroeste. Diez segundos después de suspenderse en seco por la luz roja del semáforo, se asomaron por la puerta dos hombres. Con agilidad se incorporaron. Pegaron la espalda a uno de los tubos plateados que conformaba la estructura del vehículo. Sonrieron. Ubicaron el cuerpo con intención de equilibrio. Abrieron las manos y la boca. Entonces, le otorgaron a la ciudad caótica un eterno encanto que duró tres minutos. Le sacó la voz a la lluvia y le arrebató el delirio a la mirada de la mujer que se perdía por la ventana.

“…Y yo… y yo sé tanto de ti,

Tristezas  en el papel  escribes tú sin saber  que yo las quisiera borrar.

Nubes de la capital, millones de figuras,

Yo quisiera ser una de ustedes a ver si ella me ve…”

Cantaba esa voz abrazada a un Re sostenido.

Ella le miró los ojos al tipo valiente que le alzaba su voz a la ciudad a veces sorda, a veces dormida. Le dijo entre pestañeos que estaba agradecida, que le había salvado la tarde, el día, la vida; que se llevaría su voz entre las manos, para cuando le hiciera falta sobarse las tristezas; que eran cómplices en esto, que ella también tenía música nadándole la sangre, que se sentía bien, que todo estaba mejor, y que probablemente llegaría a casa con el ánimo de quien se ilusiona en dos segundos. Sí. Así de fugaz es la ilusión y uno siente que dura un poquito menos que la tristeza, pero no, con la tristeza pasa igual, es una discrepancia musical, un ritmo roto, una melodía deshabitada.

4: 21 pm. Vida para el último acorde. Una sonrisa compartida. Monedas. Muy bien muchachos. Se estaba usted sonrojando. El pito. El semáforo. Gracias. Un bus hacia el centro… Nunca volvieron a verse.