El Baúl

Texto: Ana María Botero
Ilustración: Valeria Uribe

El baúl - Bajo AsfaltoSubí las escalas como cualquier otro día, pero ahora, en vez de pasar por la registradora, abrí la puerta delantera y rompí la barrera creada por una mampara, que después de viajar tanto en autos de servicio público, seguía sin saber para qué servía. Me senté con dificultad, pero me sentía como una reina en su gran trono. Alto, acolchado y con colores que cubrían la gama del dorado, del verde y del rojo.

Un hombre, que estimo llegaba a los 50, llevaba uniforme de alguna empresa de buses, una barriga llena de muchos años de experiencia y unas cejas abundantes como su cabello, tirado hacia atrás con una peinilla de bolsillo. Él, con buen humor al empezar la mañana, no se sintió ofendido con mi presencia en ese lugar donde casi siempre se ven familiares y conocidos cercanos, los que tienen el privilegio de entrar a su lugar sagrado.

La cabina no se parecía en lo absoluto a un cuarto de hotel, donde las cosas volvían a su lugar y era neutro para el próximo inquilino. Por el contrario, era más una habitación de una casa antigua, que siempre ha sido del mismo dueño y que no se renueva, pero que siempre tiene algo nuevo. Esa pequeña habitación, habitada siempre por una persona, estaba ambientada con música popular, transmitida por una emisora local que tiene desde el Charrito negro hasta los nuevos vallenatos. Las tonadas, en conjunto con los susurros del conductor, combinaban de una forma particular con la decoración de la cabina, que tenía desde tapetes con el escudo de Nacional, hasta un ícono de la Virgen María y el Sagrado Corazón.

Después de ver el suelo, y ver el verde sucumbido en el polvo sobre un fondo negro, miré al frente. El parabrisas no solo contenía la vista hacia las calles; sino un pequeño letrero con letra gótica que decía “Yesica”, nombre de la hija del conductor, un cartel con los lugares con la ruta del bus y la Virgen del Carmen de nuevo. El tablero negro estaba decorado con billetes de mil y dos mil, un perro con cabeza oscilante y el celular del conductor. Nada estaba organizado para mí, pero para él era como debía de estar, todo en su lugar. La cabrilla tenía un protector con tonos de café, negro, beige y naranja, que me traían a la cabeza una serpiente cascabel. Su trono tenía los mismos colores, para que fuese cómodo y se diferenciara del resto del habitáculo. La palanca de cambios era increíble; tenía vida, un alma bailable. El constante movimiento del bus y el paso de primer cambio a segunda hacía que ella se moviera al compás de la música. Tenía un vestido verde y blanco, parecido a la falda de una bailarina de hula-hula, que aunque no combinara con nada allí dentro, le daba completa vida a lo demás.

El aroma de algún perfume o ambientador con canela se colaba en mi ropa y daba al espacio un aire parecido al de un libro de esoterismo. El conductor seguía tarareando sus canciones, recogiendo el dinero y supongo que sin darme cuenta, le rezaba en algún momento a Dios, mientras miraba simultáneamente la parte trasera del bus y el escapulario colgado en el retrovisor.

Llegué a mi parada, con olor de incienso en mi cabello, una canción pegajosa en la cabeza y la historia que los accesorios de un chofer me contaron. Después de pagar el pasaje y bajar con cuidado de aquel alto trono, supe que no estaba en un bus, como cualquier otro día en la parte trasera, sino en el baúl de objetos preciosos de un hombre con uniforme gris.