La frustración hecha bicicleta

Texto: Natalia Vélez.
Ilustración: Fernanda Maya.

Bicicleta - Bajo Asfalto

Suena el despertador con aquel jingle aturdidor de cualquier emisora en Medellín, en la que por alguna extraña razón, justo en ese momento, es el sonido más fastidioso y estridente del día; junto con las voces de los locutores que a esa hora, 4:00 a. m., se escuchan con cierto síndrome de insomnio y cansancio.

Otro día en que sus bostezos empiezan a animar al resto de su cuerpo a despertar y en esos cortos instantes entre la realidad y la ficción de sus sueños, se pregunta por qué carajos pone la alarma una hora antes de lo que debería, cuando solo tarda 15 minutos en salir de su casa. Una taza de café caliente lo espera fiel cada mañana, al igual que su esposa, a que por fin decida levantarse. Por el tejado se alcanza a escuchar una leve lluvia, y sus ánimos empiezan a cambiar: abre más los ojos y espera el resultado de aquel maravilloso evento; que un vendaval se desatara sería, para él, una dicha. El agua fría de la ducha lo termina de despertar y empieza, en el recorrido de su piel de gallina a sus pensamientos, a intentar decidir lo que debería hacer: sacarla con este clima, y el hastío (cosa que empezó a sentir cuando se convirtió en otro trabajo diario, molesto y de mayor esfuerzo físico, que el de soldador de piezas metálicas, el cual hace con un poco más de ánimo) que le produce sería un acto estúpido de su parte, aunque sabe que solo es una excusa; esa que convirtió su vida en una rutina, esa que sin pensarlo lo volvió infeliz, esa que transformó su pasatiempo favorito en una tortura diaria.

Intentando controlar su ira volviéndola un duelo, se percató que era casi fin de quincena y que la plata que le quedaba, de la miseria de salario que le pagaban, si mucho le alcanzaba para un Marlboro, que obviamente compraría al llegar. Su enfado incrmentó.  Con el genio que se gastaba esa mañana y su suerte de perro callejero, salió de la ducha y se vistió furiosamente, sacó del patio trasero aquel armatoste, (que le había costado tan poco al inicio, pero que con el pasar de los años y el deterioro, le había sacado tantas canas, como repuestos y caídas casi mortales). Las llantas, una más delgada que la otra, se ven un poco desinfladas, “tal vez las lleve a inflar en el camino de regreso” piensa, mientras su esposa como siempre, desde hace ya 26 años, le ayuda a ponerse cuidadosamente la carpa, que es más grande que su cansado y famélico cuerpo.

En su ritual de salida, más por costumbre que por gusto, con el manubrio en las manos, mira atrás hacia la habitación de ella. Él no lo sabe, pero ella cada madrugada se despierta a verlo partir y se esconde entre la oscuridad aguantando el terror y el miedo que le producen las sombras proyectadas en la tétrica ventana al lado de su cama, y se despide sin que él se de cuenta. Un humano, por muy pequeño que sea, sabrá siempre cuándo es despreciado, más aún si convive diariamente con aquel. Sofía mira a su papá partir desde la puerta de su cuarto y le entra un escalofrío raro, de esos que dejan un sabor amargo en el paladar y que hace que ardan los dedos recorriéndolo todo hasta la cabeza; sale disparada a esconderse bajo las cobijas. Nada que hacer, lo vería de nuevo al siguiente día.

Cada pedaleo es un agravio a su cordura, en su mente solo habitan insensatas palabras desconsoladoras. Él nunca se imaginó que su vida se vería arruinada por un pedazo de metal que le había traía tanta dicha, como cuando de joven salía de paseo por el parque de Sabaneta, subía hasta ese morro que elegantemente llaman La Doctora y salía disparado como una bala, por miedo a que le descubrieran los mangos que le robaba del patio a doña Rosa, la viejita esa remilgosa que hay en todos los barrios. Pero no, ahora todo eso se quedó en el baúl, donde también guardó su afición por ese deporte, por el maldito deporte que lo deprimió. Por andar divagando en los recuerdos y la frustración, coge el camino más largo para llegar a su trabajo y de inmediato se da cuenta que si quiere llegar temprano y no aguantarse el saludo sarcástico de doña Claudia, debe apresurarse y soportar la lluvia y la carpa en la cara, mientras pedalea afanadamente esquivando los charcos y los buses con sus conductores enloquecidos, como en una competencia por llegar uno primero que el otro.

Pasando por la cuadra donde queda la empresa en que labora, ve todo como si fuera una película repetida una y otra vez: las mismas motos en fila: rojo, azul, negro, blanco con negro; los mismos carros lujosos y la chatarrita de Renault 12 de Edgar, que chillaba en medio de ellos; el puesto de buñuelos de doña Fanny; en la otra esquina el muchacho que vende el Q’hubo, con las nalgas y los muertos en primera plana, que se ven desde la otra esquina y claro no pueden faltar sus compañeros de trabajo, unos caminando, otros también pedaleando; tal vez algunos comparten su frustración. Ahora no quiere pensar en nada, por fin ha llegado y está en su territorio, por un buen rato olvidaría su queja contra el mundo. Un cigarrillo y un café: el aroma a libertad.