Anatema

Texto: Daniel Moreno.
Ilustración:Fernanda Maya.Anatema - Bajo AsfaltoUnas primeras gotas, dispersas pero pesadas, comienzan a caer sobre el parabrisas a la vez que del pavimento se levanta un olor a polvo húmedo. Aldemar se percata demasiado tarde del cambio del semáforo a amarillo; acelera casi por instinto. Es fútil; la luz cambia a rojo. Frena en seco, sintiendo un poco esa particular vergüenza que generan las imprudencias que no terminan en éxito.

Del andén se levanta una mujer y se acerca a la ventana del conductor del carro de adelante; es un automóvil lujoso y la ventana está totalmente cerrada. La mujer viste un buso rojo un poco roto, que ya empieza a teñirse con las gotas, y en las manos sostiene una cartulina con algo escrito. Se acerca hasta casi tocar la ventana con la cara y comienza a mover los labios, pero Aldemar no logra escuchar nada de lo que dice. A través de los vidrios oscuros se alcanza a vislumbrar un leve movimiento de cabeza del conductor. La mujer mueve los labios una vez más, voltea la cabeza y comienza a caminar hacia el carro de Aldemar.

Rápidamente, Aldemar da una mirada a su derecha, al portavasos; nada, sólo hay una caja de cigarrillos vacía. La mujer avanza, lenta e impasible, hacia el Renault 9 vinotinto, con la tranquilidad que le otorga el conocimiento pleno de los tiempos de los semáforos a cuya vera ha pasado tantas horas. Aldemar mete la mano al bolsillo derecho, con dificultad por lo incómodo de la posición; toca dos monedas de 500 pesos, las reconoce por su grosor inconfundible. La mujer llega a su lado, levanta un poco la cartulina, marchita por muchas otras lluvias, y comienza a farfullar unas palabras. Habla con ese matiz mecánico y poco elocuente que invade todo lo que se repite demasiado. Él voltea la cabeza y pretende escuchar, pero no escucha, no entiende, no puede entender; sólo logra atrapar palabras aisladas de lo que la mujer trata de decir. Guerrilla, desplazados, San Roque, o era San Rafael, no importa; en la cartulina dice el nombre del pueblo, pero él es incapaz de leerlo, su mente no logra concentrarse en nada más que las grasias escritas con s, que de seguro no son fortuitas a la raison d’être de toda aquella situación. Forzando una cara híbrida, que se debate intencionalmente entre la amabilidad y la indiferencia, y fracasando por obvias razones, abre la boca:

—No, ahora no hay forma. —masculla Aldemar, bajando el tono hacia el final, casi sin pronunciar las últimas sílabas.

La mujer para de hablar. Lo mira una última vez, con una mirada en la que él cree ver visos de un dolor resignado, pero también de algo de altivez y desprecio; lo mira así porque sabe, porque sabe que él sabe que sí hay forma, que siempre hay forma, pero que dar o no dar no depende de eso. La mujer se voltea y comienza a caminar, mientras Aldemar piensa que lo único universal a toda ética es cuál y cuánta culpa se es capaz de soportar. Antes de perderse de vista la mujer dice unas últimas palabras, lanza el anatema:

—¡Que Dios lo bendiga!