Ciento treinta y seis

Texto: Laura Blandón.
Ilustración:María José Vega.

136 - Bajo Asfalto

El sol amenaza con derretir el desgastado techo de la parada. Las suelas de los zapatos se abstienen de fundirse con el pavimento mientras los que esperan las diferentes rutas comienzan a cuestionarse si la deshidratación por exposición a «mediodía» es una excusa válida para faltar a sus compromisos.

El ejecutivo con el auto averiado estira el brazo, con la desesperación oculta tras el sudor de su rostro y la corbata ajustada, pero todos los taxis están ocupados. La empleada con los dos niños espeta palabras ininteligibles en un enredado acento costeño. El estudiante, resignado, suspira y mira al cielo, el cielo azul, azul y eterno.

Trágame, cielo mío,

levántame entre tus nubes

y desciende.

Cántame en el vacío,

cuéntame las historias

de tu mente.

Que aunque sé, está demente,

un suspiro de tu brisa

ya me asombra.

Arreboles se ensortijan,

van y vienen y me ofrecen

una sombra.

Oh, índigo asesino,

con tu acento suave y fino

del verano,

huye, arrástrame contigo,

cual si fueras hoy mi amigo

mi paisano.

Coloréame de plomo,

de gris, del húmedo asomo

de un milagro.

No tortures mis delirios,

que si llego otra vez tarde

ya es agravio.

El susurro ya es canción, y la sombra es ya llovizna. Una sonrisa se dibuja en el rostro aún imberbe del muchacho, que ve respondidas sus tácitas plegarias por un cielo, ¡oh, cielo suyo!, misericordioso e insaturado que a su vez le replica con voces graves y retumbantes, anunciando alivio a los atareados trajes de lino y camisetas de algodón, obligados a cubrir pieles humanas.

Baja la vista.

Y ahí va la ruta ciento treinta y seis, una cuadra adelante. Ya es la segunda vez en la semana.