Otros horizontes

Texto: Juan Sebastián Villa
Ilustración:Valeria Uribe.

Otros horizontes - Bajo Asfalto

Irse a vivir a otras tierras se parece bastante a morirse. Uno tiene una fecha, así sea aproximada, de cuándo acabará su vida y mil cosas por hacer. Cada día que despiertas sientes que el tiempo se ríe de tí a cada esquina, y aunque las ansias de habitar un lugar diferente sirven de alimento y combustible, se carga al cuello con una tristeza silenciosa y extraña que ni vale la pena intentar explicarle a nadie. Al fin y al cabo te han secado a tal punto con ¿cuando te vas? que de lo último de lo que quieres hablar es de tu viaje.

Largarse lo aclara todo. Quienes te quieren planenan uno, dos, veinte funerales alegres para despedirte, cada uno haciendo el duelo a su manera. Ves tu vida narrada en bocas ajenas, y por instantes vislumbras la médula de lo que amarra tus pasos a los de aquellos que caminan a tu lado.

De repente tus prioridades se hacen claras, y cortas el contacto por completo con montones de gente. Sabes muy bien que sus palabras no son las que quieres recordar en el avión, que sus rostros no son lo que buscarás cuando mires por la ventana hacia el infinito, entre nubes y olas.
De golpe te decepcionas, y te chocas contra muros al buscar a personas que quieres ver solo una vez más… y te preguntas si no podrá (como a veces no puedes tú). Recuerdas que otros se han ofendido cuando les dices que no puedes. Y no sabes si ofenderte o entender.

Empacar se siente cómo una carnicería. La cantidad de kilos que la aerolínea permite parece una soga al cuello cuando lo que piden, en tu caso, se resume en botar, regalar, guardar y separar tu vida. Envidias a los monjes tibetanos y te preguntas con tristeza cómo hacen los indigentes para desligarse por completo de lo que llevan encima. Te quedas horas sentado en tu cuarto, mirando pertenencia por pertenencia, dejando que la nostalgia te ruede por los dedos y preguntándote quién serás en unos días. Qué mirarás con desapego al regresar. Qué talismanes volverán contigo y cuales correrán la misma suerte de ser regalo o ser desecho.

No se puede negar que vivir en un país nuevo hace que el Conquistador Español que quedó en la sangre despierte. Es imposible no pensar en que allá está tu gloria, tu destino, tú mejor versión. Y probablemente es sano ansiarlo, pero la realidad lleva un martillo en la mano, y ser colombiano en otra tierra es viajar con fantasmas en la maleta.

Además ¿Cómo lidia un bicho raro con no tener ese sabor latino, esa piel canela y ese gusto visceral por el reggaetón? Divierte y molesta saber que todos creerán que bailas como un dios, que besas como antonio banderas antes de matar a alguien, que llevas coca en los bolsillos. Es dificil para mi decidir entre ser exótico e interesante o camuflarme cómo uno más si se me da la oportunidad.

De la misma manera queda la pregunta de qué de todo lo que se ha escuchado es cierto. El mundo necesita resumir para poder tragarse las identidades con un vaso de agua, y así cómo yo voy resumido en salsa, droga y café, ¿Qué tanto son hielo, cerveza y queso al otro lado del charco? Duele admitir que una vez uno baja del avión, se es un absoluto ignorante. Que por mucho tiempo los mecanismos automáticos en la lengua, en los piés, en las manos, en los ojos, serán los equivocados. Y carcome la duda de qué tanto vale dejar de ser aquí, para posiblemente no ser nada allá.

Pero al final, la duda que más pesa en los ojos mientras se buscan los recovecos de la maleta que no se han llenado es sobre esos espacios que uno ocupaba con tanta maestría en amigos, compañeros, en la ciudad; que sin duda se llenarán cómo se llena una perforación cuando se retira la joya por suficiente tiempo. ¿Seré la llave correcta para volver a abrirlos? ¿Seré la ficha precisa para encajar en ellos? ¿En otros? ¿O tendré que volver a mi tierra tan extranjero cómo cuando empaqué buscando otros horizontes?