Ya no se qué es un Hafla

Texto: Juan Sebastián Villa

Fotografía:  Daniela Rioz

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Me siento obligado a tomar un tono personal en este texto, y aclarar que lo que digo aquí no solo es mi opinión, sino la de alguien que no vive la danza cómo quienes asisten a estos encuentros. Confieso mi amor por las danzas orientales, principalmente por el tribal; pero me declaro ignorante. Lo que digo aquí lo hago desde lo poco que entiendo de qué es un Hafla.

El Hafla que conocí, literalmente iniciando Bajo Asfalto, era una reunión de tribaleras que ocurría cuatro veces al año. El evento realizaba en un solsticio o equinoccio y se coordinaba entre diferentes países en conexión, así todos estarían bailando al mismo momento sin importar la zona horaria.

Recuerdo que un Hafla empezaba con el ritual del cambio. Cada una de las asistentes cambiaba sus formas y su identidad con faldas, pulseras, aretes, maquillaje y prendas que de manera particular te hacían saber quien era quien. Una vez todas estaban listas, se paraban en un círculo, mirando hacia adentro cual aquelarre. Realizaban un saludo, y desde ese momento quedaba claro que existía un adentro y un afuera. Que yo no pertenecía allí, sólo era un observador más.

Las mujeres (porque el primer hombre en un hafla lo ví el año pasado, y robó más cámara que ninguna) no llevaban nada planeado, sólo dejaban que alguien entrara a bailar lo que un tambor le sugería, y con ese llamado agudo, repetitivo, de baile y combate arábigo que todavía me hiela la sangre, celebraban su baile. Todas eran el centro por lo menos una vez. Todas recibían ánimo. Y cuando se cansaban del baile pasaban a la comida. Entre esas dos actividades se iba la tarde hasta que no quedaba nadie.

Tal vez mis palabras son pura nostalgia, ¿yo qué sé? Pero lo que veo ahora, con mucho que rescatar, dista de lo que recuerdo y del perfume que teñía el aire esas contadas tardes del año.

Nunca ví zapatos en un Hafla. Parte de la conexión estaba en estar en contacto con la tierra, a la que algunas llamaban madre. Había una disposición silenciosa de sumergirse en un mundo diferente, que ocurría con sus metamorfosis personales. La comida tematizada y el pequeño bazar ayudó de maravillas, pero la disposición de muchas en esta ocasión, la ropa tan civil, y la motivación de asistir más a una clase al aire libre que a compartir su danza, por experta o novata, me hizo falta.

No estoy en contra de las clases. Me parecen un intercambio maravilloso entre los estilos de tribal, danza hindú y árabe, pero el mirar todas en una dirección y bailar coordinadas le deja a los transeúntes una imagen que considero que nunca deberían llevarse; que bailan para ellos.

Este hafla recibió más asistencia que ningún otro que he visto en la ciudad. La intención de la Red de danzas orientales me parece la correcta al querer regalarle a la comunidad un espacio dónde hacerse de conocimiento e interacción, un mercado interno y una identificación cómo personaje urbano. Yo no sé si un Hafla tiene que hacerse en un equinoccio o en un solsticio, si sólo es un encuentro de Tribal o si se necesita hacerlo en conexión con otros países. Yo no soy ninguna autoridad del tema y ni siquiera yo confío en mi opinión en este caso.

Tal vez es solo la imagen de lo que conocí y me enamoró, pero las últimas dos ocasiones me dejaron con el sinsabor de sentir que ahora a todos nos pertenece un poco el Hafla.