Este año sí

Texto: Daniel Moreno.
Ilustración: Valeria Uribe.

Este año sí - Bajo Asfalto

Aquí viene otra vuelta más… y uno sin siquiera recuperarse del vértigo de la anterior.

Hora tras hora, se nos van los días; día tras día, se nos van los años; año tras año, se nos va la vida. Mientras tanto, la seguridad del universo humano, íntegro, estriba en la ciega confianza que se tiene en que, indefectiblemente, siempre se volverá a un punto desde donde se podrá a volver a empezar, desde donde las imposibilidades del pasado se vislumbrarán más tangibles que nunca, ahora a la luz de una nueva vuelta.

Eso son los ritos, símbolos periódicos, con uno u otro significado, dependiendo de su origen y evolución, pero para las personas, de forma consciente o inconsciente, siempre significarán dos cosas: la reivindicación de la ineluctable naturaleza circular del mundo y la celebración de todas las oportunidades que vienen con un nuevo comienzo, o con un nuevo final, porque, dicho sea de paso, estos dos vienen a ser la misma cosa.

La concepción de un mundo cíclico está profundamente arraigada en el acervo de creencias de la humanidad, tanto que es difícil imaginar que hubiera podido ser de otra forma; el mismo curso de los astros pareciera pronunciar un edicto cósmico a favor de esta visión.  La tierra gira alrededor de su estrella y de sí misma, ligeramente inclinada, en compañía de una inseparable luna, que la emula sin nunca darle la espalda. Algunos creemos  -por lo menos la mayoría del tiempo y con tal que la vida no nos regale cantidades inusualmente generosas de sufrimiento- , que de esta sinérgica danza celestial surge mucho de lo cual llamamos mundo, un mundo que a su vez está compuesto de varios fenómenos, también circulares y retroactivos. Bastaría con mencionar el día y la noche, y quizá también a sus presuntos gemelos espurios, el  bien y el mal, engendrados con licencia de la metáfora alcahueta; o las estaciones, ese kindergarten de deidades, concebidas del valeroso intento de nuestro ancestros por entender un universo colosal pero periódico; unas veces, salvadores primaverales que se sacrifican con benevolencia para regalarnos la añorada cosecha; otras veces, verdugos invernales que nos recuerdan incesantemente nuestro pecado, tan imperdonable como involuntario. El agua, con todas sus elegantes formas intercambiables y sus mareas oscilantes, nuestros preciados lenguajes auto-definidos, la vida y la muerte; los ejemplos son tan vastos como acentuado sea el sesgo a la hora de observar el universo.

Con tantas y tan vistosas manifestaciones de recurrencia, cortesía de nuestra roca madre y sus colegas bailarines, el trasegar esta visión  hacia casi todo en el quehacer humano era prácticamente inevitable. Desde lo más cotidiano, como la forma de medir el tiempo y las costumbres que lo atestiguan; hasta lo más abstracto, como las elucubraciones sobre el origen y fin de todas las cosas; todo pareciera estar habitado por el numen del uróboros.

Alguna vez he pensado en cómo sería un mundo entendido de una forma que no fuera cíclica, pero también he pensado que se necesitaría una humanidad sin memoria ni esperanza; y aunque con frecuencia la humanidad nos dé indicios de no tener muy buena memoria, la esperanza es algo sin lo cual aún parece ser incapaz de sobrevivir. ¡Ah, la esperanza! Ese flogisto del día a día humano, de la que sabemos que si le renunciáramos, evitaríamos una miríada de tristezas y decepciones, pero sin la cual todo se tornaría tan insulso que eso de vivir no parecería ser muy atractivo, incluso sin sufrimiento.  Ése es uno de los grandes dilemas de la condición humana, saber a qué se debe renunciar para evitar sufrir, pero ser incapaz de renunciar a ello sin renunciar a todo.

Acaba un año y sobre los cadáveres aún calientes de fracasos y riesgos nunca tomados  -víctimas de la pereza, la inconstancia y esa maldita creencia en que siempre, al final de la vuelta, habrá una mejor oportunidad-, erigimos un zigurat de expectativas, coronado por un estandarte que tiene estampado “este año sí”.

Acaba la vida de un ser querido de forma intempestiva, “no importa, todo es un ciclo”; acaba una relación por la traición más perversa, “no importa, todo es un ciclo”…como si lo que importara fuera esa masa de carne y tripas, como si saber que en breve ésta volverá a hacerse una con la tierra -o peor, con otra cama-  fuera a aliviar siquiera un poco el dolor que le causa a uno perder la consciencia y la memoria de los queridos, arrebatadas de nuestro lado por la ineluctable tendencia universal de maximizar la entropía, o por la ineluctable tendencia humana ante un brasier que se desabrocha.

Hay que decir de todas formas que una visión circular no es, como ninguna cosa, buena o mala de forma inherente; puede ser tan estéril e históricamente perniciosa como la tautología judeo-cristiana de afirmar que, según las escrituras, las escrituras son palabra de Dios; o puede ser tan sana para la mente como cuando la gente, en busca de un alivio para la aflicción inefable que siempre genera el saberse finito, adopta aquella quimérica perspectiva, un suerte de híbrido entre el “Panta Rei” de Heráclito y la primera ley de la termodinámica, creyendo que su ser material, independiente de lo que pase con su consciencia, retornará a engrosar las filas del universo no organizado de donde salió, para eventualmente volver a emerger como una imponente secuoya o  un esbelto eucalipto australiano; aunque, probablemente, ninguno de los adeptos a esta visión piense demasiado en la mucho menos sublime contingencia de que dicho árbol sea talado para hacer papel higiénico o para que un estudiante ocioso, rebosante de hormonas y tedio, dibuje falos sobre toda su prístina reencarnación.

En todo caso, más allá de que la tendencia a ver círculos en todas partes parece sernos inexorable, e independientemente de que el universo en efecto funcionara de forma cíclica o de que los puntos arbitrarios que nuestras culturas han escogido para marcar las transiciones tuvieran algún poder fenoménico, lo cierto es que nadie tiene ni tendrá nunca la certeza de llegar al final de la vuelta; siendo conscientes de esto, y pese a que personalmente me parece que la determinación y la perseverancia han sido y siguen siendo brutalmente sobre-valoradas, talvez valdría la pena incomodarnos un poco y aceptar que seguir esperando “el momento adecuado” para hacer aquello que añoramos es un riesgo ingenuo que, eventualmente, nos puede pasar una cuenta de cobro muy alta, aun cuando sólo nos reste un instante, todo inundado de arrepentimiento, para darnos cuenta.

Parpadeo tras parpadeo, se nos van las horas; vacilación tras vacilación, se nos van los años; aplazamiento tras aplazamiento, se nos va la vida.