Enamorirse

Texto: Sara María
Ilustración: Valeria Uribe

Enamorirse - Bajo Asfalto

Nadie puede enamorarse y quedar impune. La situación se torna agradable, poco peligrosa. Estado mental, estable. Ritmo cardíaco, acelerado. Sonrisa, estúpida. Manos, insolentes. Complicidad. Helado. Películas. Vino, mucho vino. Sexo. Ven que te echo de menos. Amor mío. Quiéreme el estruendo. Sonríele a la luna que le brillan los ojos. Amor mío. Vértigo. Estado mental, crítico.

Uno anda por ahí con su vida hasta que la planta frente a la vida de otro. Y un día, sin esperar mucho, resulta que ya no cantan la misma canción. El amor es así, pesado, desequilibrado. Nos sujeta el rostro en forma de una muerte contundente y atroz, que incluye un proceso místico, mágico, casi religioso para volver a la vida.

Sí. Uno muere muchas veces. Muere de ausencias, de frio, de vicios, del vicio del otro. Y esa muerte es el riesgo más bello por el que nos apresuramos al abismo; porque todo vale, no las penas, sino las alegrías, el éxtasis, el encanto, el llanto, el sexo, la vida. La muerte.

Ese inicio a la soledad melancólica, se disfruta. Hay que comer helado de vainilla con chantillí y cerezas mientras juegas cartas con los amigos eternos, que te han visto no sólo una vez atragantada de helado y pesares. Hay que correr contra el viento, tragarse 8 kilómetros de asfalto para que el dolor físico causado por el cansancio camufle el dolor del pecho, causado por la ausencia. Hay que embriagarse en la barra de un bar con la compañía única de Fito, que te abraza el desespero, se cuelga a él y te lo saca por los ojos a pedazos de mar. Hay que leer “Como Agua para el Chocolate”, para entender un par de discrepancias sentimentales, o sólo por el gusto de ver que ahí está Tita, bien jodida por la condición absurda que justifica su existencia. Hay que verse “Tres Metros Sobre el Cielo”, para asegurarse de que las palabras dichas en el momento de la explosión del enamoramiento, no son más que símbolos que esconden las miserias más naturales y bellas de la condición humana.  Hay que escribir, sobre todo escribir, por pura desinhibición del espíritu, porque el amor siempre estará más seguro entre las hojas de la libreta de tus cuentos que entre las piernas de algún sujeto.

Cuando se está con alguien, uno sabe desde el principio que un día le tocará volver a la vida, solo. Es un pacto de muerte que se acepta sin reflexión. Siempre hay que guardarse algo para uno, algo de que aferrarse cuando el otro se disuelva en el sabor amargo de la cerveza, te mate a pequeñas dosis de veneno ingrato y a ti te toque nacer de nuevo.