Don Carlos, el hombre invisible

Texto: Ana María Botero
Ilustración: Valeria Uribe

Don Carlos - Bajo Asfalto

A don Carlos le faltan solo diez años para pensionarse. Él no tiene afán, es más, con el silencio que ronda su trabajo de vigilante, en el que lleva casi 20 años, tiene tiempo para conversar con muchos y despojarse de la monotonía al que lo condena la caseta hecha solo de ladrillos.

Don Carlos, o “Carlitos”, conversa con el gusto de un sabio. Aunque no bebe de una copa de vino, tiene el café siempre cerca, muy caliente y con poca azúcar. Sentarse dos minutos cerca de él se convierte en una conversación que tomaría más de dos tazas de café.

Después saludarlo e iniciar la conversación conmigo no pudo ofrecerme nada, pero yo me dispuse a recostarme sobre alguno de los muros. Él, con la confianza que da la cálida casetica, me cuenta sobre sus líos, sobre lo que piensa del país, de la familia y hasta de la pareja del 306.

Él se sienta cómodamente en la silla puesta para ellos. Gris y metálica, muy recta pero perfecta para una noche en vela. Sintoniza con agilidad la radio, que no deja de sonar ni un minuto, pues para él es la única forma de luchar contra la soledad que viene con el silencio y al mismo tiempo de darse el gustito de enterarse de lo que pasa siempre fuera de esos escasos metros cuadrados.

“Yo compré ese radiecito hace años. La verdad es que fue entre todos nosotros, porque nada de lo que usted ve decorando este chucito fue regalo de los administradores. Todos hicimos vaca y compramos desde el reloj hasta la cafetera” dice Carlitos, saboreando su segundo café.

El lugar donde pasa casi 12 horas diarias es cómodo porque él lo ha mejorado con los otros vigilantes de turno. La radio siempre puesta cerca para que el sonido no interrumpa el saludo constante del que entra y el que sale; El calendario de Colanta o de Zenú, que está cercano al reloj, adornan la única pared que hay, porque los arquitectos hace más de 20 años pensaron en la visibilidad de la casetica y sus paredes, casi en su totalidad, son ventanas.

Hay un muro que divide el baño del puesto de vigilancia. El baño también es cocina, vestier y closet. Tiene un lavadero, un lavamanos y un compartimiento para que guarden sus intimidades.

“Es como tener una casa. Nosotros siempre mantenemos cositas para todos, así se nos hace más fácil y más barato” dice y se interrumpe para saludar al que llega de trabajar.

Don Carlos siempre lleva un reloj en la muñeca, así haya uno en la pared; Una chaqueta impermeable, porque aunque Medellín no sea tan frío, en la noche se vienen todos los fantasmas y bajan la temperatura; Además, de un libro de apuntes, donde deja que dinero tiene guardado, qué razón importante dejaron y cuántos recibos de la administración han llegado. El libro de pasta verde y de casi 30 cm, se usa para que el próximo que llegue se ubique en lo que Carlitos dejó y también para que don Héctor, el administrador, “no les ponga problema, porque ese viejito chiquito siempre le saca el pero a todo”.

Después de ver las tres tazas sucias en el lavamanos, cuántos recibos hay en los casilleros de cada apartamento y ojear el periódico con don Carlos, alguien se acercó con un recado. Él, sonriendo debajo de su bigote, saca un peculiar papel y con esa letra  poco legible que aprendió a hacer más tarde que los otros, porque prefirió trabajar y solo se pudo graduar casi a los 25 años, anota la información y la guarda en el cajoncito que está debajo del teléfono y la radio.

Cuando se fue el mensajero, yo aún seguía ahí. Él siguió contándome la historia de sus hijos y de cómo la menor estaba de gomosa después de aprender a montar bicicleta.

Carlos tiene puesta la camisa azul clara con su pantalón oscuro de uniforme, tiene su celular a la mano y lo revisa de vez en cuando. Para verlo tiene que ponerse las gafas, esas gafas que casi nunca usa pero que son esenciales para leer el periódico de algún apartamento y hacer el crucigrama que se roba disimuladamente.

Yo preguntaba y preguntaba mientras él se hacía otro tinto o prendía un cigarrillo. Me contaba a todo gusto los beneficios de viajar en bicicleta por la ciudad y que la señorita del 504 es encantadora, pero que nunca le pone atención.

De vez en cuando interrumpe algún inquilino que entra y saluda por costumbre a don Carlos. Él contesta animado, y así no le pregunten cómo está les responde “muy bien, gracias”.

A veces tras terminar los crucigramas hurtados se escapa a hablar con don Edwin el de la tienda, siempre va sonriente, excepto cuando está estresado y le hablaba de apuros porque “ese barrigón de don Héctor” lo tiene nervioso.

Sin que él me lo dijera supe que está contento de tener trabajo, pero que hubiese preferido estudiar más y ser administrador. Él es de los hombres que decide trabajar el 24 para que El Niño Dios llegue a su casa.

Él trae buen ánimo siempre y uno se entera porque se engomela el cabello con la peinillita de bolsillo que siempre tiene. Pero pese a que siempre está sonriente, se aburre de estar todo el día sentado y a veces se mortifica por esa vida tan monótona.

Le atrae ser invisible. Posee el súper poder de pasar desapercibido y enterarse de todo. Él no sólo oye, también aprende de lo que escucha y luego puede contar historias fantásticas con las desgracias y felicidades de los otros. Es un don que vino de plus con el uniforme azul y el bolillo hecho de madera.

Don Carlos es de esos hombres que trabajan el doble, por más de un poco. Además de eso se encargan de tiempo completo y sin bonificación, de ser buena personas. Aun siendo invisibles, sujetos como ellos son los que revolucionan los pequeños mundos.