María del Alma.

Texto: Sara María 
Ilustración: Valeria Uribe

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La decisión estaba tomada. “cuando sea hora del desayuno, nos vamos, a papá no le gusta sentarse solo en el sofá”,  le decía María a Lita con la voz tenue del que teme ser descubierto.

María tenía los ojos gitanos y la sonrisa fácil de los años cuando son pocos e inocentes. En el cabello se le enredaban las nubes de colores, y de la boca redonda le salían un montón de palabritas insolentes que nadaban en la pureza de un alma con siete octubres.

María era un pedazo de poesía pura, la unión de una boca y unas manos, el resultado de una voz tenue y un color fuerte, la raíz de la vida, el motivo de la dicha de 10 años compartidos por dos almas.

Creció entre el surrealismo de las pinturas de su padre y la voz fina y angosta de su madre. Eran un triángulo indestructible hecho de la fibra poderosa del  amor etéreo. Vivían de la venta de analgésicos para el alma, del escape a los pesares, de huidas fortuitas, del simple placer de la percepción del otro, vivían de las manos de él y de la boca de ella. Unas manos inquietas, aéreas de matices, de nostalgias y de pasiones a blanco y negro. Una boca que era una puerta por la que salía lluvia de consonancia sublime que cantaba las historias más sombrías y frías, nunca vividas en sus noches de mujer afortunada. Él era pintor de la vida y ella le cantaba a su amiga, la muerte; y en esa discrepancia, se amaban.

Todos los jueves desayunaban sándwiches con jugo de piña y fruta picada, recostados en un sofá enorme, cubierto por manchas de pintura que salpicaban la tela cuando el pintor entraba en el estado involuntario de su arte y le quedaba corto el lienzo.

María se tumbaba en los pies de su padre y se llenaba el contorno de la boca con mermelada de fresa. Se reía a carcajadas cuando él realizaba la acción de un avión en vuelo con su mano y en ella un tenedor ensartando el trozo del melón que la pequeña despreciaba. Contaba historias sobre las maripositas violeta que querían entrar por su ventana en las noches y de lo triste que se sentía por haber perdido sus acuarelas en la clase del día anterior.

La mujer le acariciaba los cabellos a su hija y disfrutaba ver cómo su nariz se movía cada vez que masticaba un trozo de queso. Le gustaba cantarle “…cómo brilla el sol al ver tus ojos María de mi alma…”. El desayuno era todo un ritual matutino que les alimentaba el alma.

Eran los tres, compactos, impenetrables, indisolubles, viviendo al mismo ritmo, al mismo color.

Era lunes. La noche se estaba pudriendo, tenía el mismo olor y el mismo color de la putrefacción. Se escuchaba el vacío. Se apresuraba la aurora. María dormía abrazada a Lita, respiraba complacida, suspiraba con profundidad a ratos, se le salía una que otra sonrisa vaga. La despertó el llanto de su madre, sentada en el sofá de siempre, con el rostro pálido y el cabello enmarañado. Lloraba la muerte de su hombre prosélito, de sus manos delirantes, del creador de su sinfonía.

Un auto que excedía su velocidad, se encontró de frente con el papá de María en una curva ancha y desafiante, mientras conducía hacia su casa, por la carretera de San Bernardo. 120 kilómetros por hora. 11:30 de la noche. Ansiedad. Sudor. Una maniobra que lo salve. Descontrol. Dios mío. María. Mi María. María de mi alma. Se va el brillo de los ojos. El padre de María ha fallecido.

La pequeña se abrazó de una de las piernas de su madre sin soltar a Lita. Luego del llanto prolongado, las inundó el silencio de la ciudad inmóvil.

Los días que le sucedieron a ese lunes pálido, parecen cubiertos por una manta densa y fría.

Amanecía bien entrada la mañana, la casa permanecía en un silencio nauseabundo y la luna se caía a pedazos por las tardes, cuando el desasosiego se apoderaba de las almas enamoradas de la vida.

-“Ana María… mi María. Papá habita ese cielo que se te posa sobre la cabeza adormilada”. Susurró la mujer en el oído trémulo de la criatura que se había quedado sin padre.

Era jueves. El día estaba pintado de azul melancolía. María era 50 centímetros de encanto desolado que jugaba a ser la madre de Lita, una rubia regordeta con nariz puntiaguda y traje de fiesta, un montón de plástico con formas y unos ojos vacíos que le aseguraban una complicidad incondicional.

Lita ya tenía una lista considerable de instrucciones para su escape.

María tenía que huir a ese lugar de sueños eternos del que apenas había oído hablar. Estaba lista. De una mano llevaba bien sujetada a Lita y de la otra un suéter para no desobedecer a su madre. Dentro de uno de sus bolsillos, llevaba un dibujo para mostrarle a su padre lo quieta y turbia que había estado la casa en su ausencia.

Subió a salticos la escalera, alcanzó la terraza y se prendió del tubo que separaba la vida de la muerte. Se las arregló para cruzarlo, se lanzó al abismo de su inocencia, extendió sus alas y abrazó su propio cielo de sinfonías celestiales y el color taciturno de la muerte.

Sara María.