A ciegas #5 – Los callejones en la memoria/Desfase

Todos vivimos la ciudad desde lejos. Vemos cosas sin saber sus historias. Escuchamos anécdotas sin ver cómo ocurrieron. Por eso decidimos unir las imágenes y las historias en una sola narrativa. Presentamos ‘A Ciegas’ de Bajo Asfalto; cortos relatos urbanos donde lo gráfico y lo textual se conjugan.
En A Ciegas, un Fotógrafo toma una imagen que se le envía de incógnito a uno de nuestros redactores, quien debe crear una narración para ella. De la misma manera pero en sentido contrario, el fotógrafo recibirá un texto que deberá completar con un retrato urbano.
Tan cierto como lo que le cuentan a la hora del almuerzo, tan dudoso como lo que ve por la ventana de un bus.
A Ciegas exploramos la ciudad.
Fotografía: Juan Restrepo.
Redacción: Daniel Moreno.
 
  • Lazarillo: Texto inspirado en imagen.

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Desfase

La vida tiene un sentido del humor muy particular, una especie de justicia poética ciega. Por ejemplo, de niño siempre quise tener una patineta y nunca pude tenerla; todavía recuerdo como miraba, sin falta, las estanterías con patinetas de cada tienda a la que entraba; o como mendigaba una vuelta a otros niños que sí tenían patineta, terminando, casi siempre, en una caída dramática debida a mi inexperiencia montando. No sé bien de dónde surgió ese deseo, aunque sospecho que la apertura de “Los Simpson” es la mayor responsable. En todo caso, nunca la pude tener: cuando la quería, mis papás no quisieron dármela; y ahora que la podría tener por mi cuenta, ya no la quiero. Así acaece mucho en esta vida, en una atropellada sucesión de desfases temporales entre deseo y posibilidad.

Cuando los dos queríamos, no se podía; cuando yo quería, ella no quería; cuando ella quería, yo no quería; y luego, cuando finalmente se quiso y se pudo, al parecer estábamos tan acostumbrados a esa imposibilidad histórica, que simplemente no funcionó.

Pocas veces somos conscientes de aquellos afortunados momentos durante los cuales coinciden el deseo y la posibilidad; estamos demasiado ocupados en una confusa lidia con una etérea trinidad temporal (por favor, no confundir con otras trinidades etéreas famosas), de cuya existencia estamos tan convencidos como de que el sol es amarillo… pero resulta que es blanco, o peor, resulta que el color ni siquiera existe sin el ojo. Vivimos afligidos, tratando de desentrañar algún sentido de un pasado indeleble, en un esfuerzo infausto por lograr que condigan la expectativa y el hecho ocurrido, la añoranza y el sentido del humor de la vida. Vivimos angustiados por un futuro contingente, concebible sólo en modo subjuntivo, tan incierto que cualquier pronóstico es tan realista como ingenuo. Finalmente, para colmo de males, por mantenernos en esa atribulada travesía entre pasado y futuro, descuidamos el presente, quizá el más sustancial de los tiempos, así lo sea sólo por un poco. El presente tiene un poder inefable, pero es furtivo e inasible; cualquier intento por apresarlo y se escurre, inexorablemente, hacia los inaccesibles territorios del pasado. Así, muchas veces, quizá por una incapacidad humana de vivir en un continuo, destruimos  esos momentos preciosos en que están en perfecta sincronía el deseo y la posibilidad. Intentar entender el presente, intentar nombrarlo, incluso hacerse consciente de éste con demasiada fuerza hace que se escape hasta distancias insalvables; y nos quedamos con un vacío, sin el momento y sin un recuerdo vívido.

 Yo no entiendo bien el concepto de tiempo según la mecánica relativista o cuántica, me parece demasiado confuso y abstracto, seguramente por lo contra-intuitivo (honestamente, tengo el humilde interrogante de si alguien lo entiende bien de verdad); pero sí he logrado entender, o he decidido creer (si es que hay alguna diferencia) que aquel fenómeno de la percepción humana que llamamos “tiempo” tiene una naturaleza tan fugaz, que no es posible sentirlo y pensarlo a la vez. Todo pensamiento es pasado, talvez todo el tiempo es sólo un gran pasado.

Recuerdo que, algunas veces, mientras el bus baja de la montaña al valle en la mañana, miro por la ventana, con el viento en la cara, como el sol comienza a matizar a la ciudad que se despierta, mientras en el audífono me susurra la voz de Willie Colón…”Yo creo en muchas cosas que no he visto, y ustedes también, lo sé. No se puede negar la existencia de algo palpado por más etéreo que sea”… aunque, sin duda, no es precisamente la mejor idea pensar o escribir mucho sobre esto.

  • Invidente: Imagen inspirada en texto.

A ciegas #5 - Bajo Asfalto

Los callejones en la memoria

La memoria se forja en formas misteriosas; fácilmente podríamos aceptar la metáfora de imaginarla como un laberinto, un entramado inextricable de callejones en donde los recuerdos se mezclan, como transeúntes errantes sin certeza de conocerse los unos a los otros, indiferentes de épocas, percepciones y emociones intrínsecas.
A veces hay recuerdos que se fijan en la memoria, permaneciendo prístinos a través de los años pese a ser sólo el resultado de un único evento, aparentemente irrelevante; hay otros que, aun siendo el producto de innumerables repeticiones, se manifiestan apenas como espectros en medio de una rutina sofocante. El recuerdo de un obeso profesor de música, tocando guitarra con unas uñas larguísimas, llenas de tierra, durante un desfile de silleteritos por el barrio Calasanz; un recuerdo impreso en la memoria desde antes de que se consolidara siquiera el concepto de asco… a veces un recuerdo así llega a ser más vívido y tangible que el recuerdo de una jornada laboral, repetida de forma incesante, reducida a una borrosa alucinación, paradójica ante la certeza que se tiene de haber vivido aquello una y otra vez.

Es aún más misteriosa la forma en que se evocan esos recuerdos; la forma en la que, de cuando en cuando, nos llegan rumores de que sí hemos pasado por esta tierra; el olor de un fogón de leña puede, al recordar una navidad de la niñez para siempre perdida, conmover a un corazón impasible más que el más desgarrado verso de Bécquer.

Entre todos esos anzuelos que pescan en nuestro pozo de recuerdos, los más poderosos (aunque, curiosamente, con frecuencia subestimados), son los lugares: testigos indiferentes de la tragedia humana, siempre más ricos que las personas, emociones y hechos que los han habitado. Los lugares son los menos efímeros de los moradores de nuestra memoria; las personas se van, se mueren, o peor, cambian; las emociones se diluyen en la corriente inexorable del tiempo; y los hechos se hacen, día a día, más insoportablemente ambiguos; pero los lugares permanecen, se erigen como un esqueleto que ensambla a todos los anteriores… los callejones de nuestras vivencias se hacen indistinguibles de su contraparte alegórica en nuestra memoria.
Hay lugares que tienen sobre nosotros un efecto especialmente poderoso, lugares donde se han vivido cosas que hacen que estos queden para siempre sumidos en la más inmutable atemporalidad… como aquel parque, infectado para siempre con el recuerdo de esa noche, acostado con la cabeza en su regazo.  “Siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección”, decía el maestro Sabato.