Contar con suerte

Por Lucas Vargas Sierra

Mire el primer minuto y déjelo correr mientras lee

Pólvora

Una de las múltiples versiones (la definitiva y verdadera nadie la sabe, y la historia entra entonces en el terreno fértil de los mitos familiares) acerca de como mi abuelo perdió los dedos, incluye los restos de un volador quemado. Andaba el pequeño Hernado buscando trozos de madera para usar como patas en un caballito de juguete y el cabo del volador, redondo y hueco, parecía perfecto. Lo sostuvo con cuidado y lo fue presionando para encajarlo en su sitio cuando los restos de pólvora no consumidos estallaron, dejando su mano cubierta de sangre y las falanges amputadas como comillas siniestras sobre el andén.

Es posible, también, que la cándida historia anterior (rebosante de ternura e ingenio) sea otra, en la que un joven Hernando limpia la boca de un fusil que se dispara; o un viejo Hernando escarba con una llave, sin motivo aparente, el tubo de un volador que se había negado a estallar. Ambos casos, que el narrador y el escucha pueden barajar según les parezca, tienen el mismo resultado: pólvora que estalla, la mano que sangra y las falanges de los dedos amputados perdidas en el basural de desechos que se tragan las bocas de las alcantarillas.

El cuento, ejemplificante como fábula de los riesgos de la pólvora, nunca fue explotado de ese modo por nuestros padres. Era una historia curiosa, era una manera particular de saludar del abuelo en la que nos clavaba el muñón del pulgar al apretarnos la mano hasta hacernos pedir clemencia. Nada más, no una advertencia, ni una excusa para prohibir. Recuerdo que mi hermanito y yo quemábamos chispas mariposa en abundancia, que el siete de diciembre escupíamos en la candelada del diablo. No se nos educó bajo la máxima de “no jugar con fuego”.

El veinticuatro de diciembre, celebrando en la casa de mi abuela, alguno de los tíos resultaba con una pila (para quién no conozca, una especie de cono que expulsa chispas estilo volcán durante treinta o cuarenta segundos) y todos le seguíamos para verla brillar en la soledad de las calles. Disfrutábamos del espectáculo, creo que en ese intervalo aprovechaban para sacar los traídos de su escondite. Era un instante feliz. Nuestra pólvora no tenía que ver con celebrar el éxito de un envío de coca al extranjero; era simple gusto por luces de colores, por el cielo encendido en los brevísimos flashes del estruendo.

Fuimos educados, en fin, bajo el ejemplo tácito de dos certezas. No hacer algo sólo porque era riesgoso, era cobardía; hacer algo sólo porque era riesgoso, era estupidez.

Alborada

Medellín no tiene remedio. Tenemos el narcotráfico pegado a los huesos de la historia como una rémora inseparable, no por las drogas, que son un invento reciente, sino por esa maldición cultural del éxito a cualquier costo que firma con nuestro puño la venta de nuestro padre (la madre no, que esa es sagrada). Ahí está, una carga de años en el discurso hipócrita de la sagacidad y la berraquera, combatida apenas desde la madrugada pasada con la contrapropuesta de la cultura de lo legal, importada de Bogotá y a la que muchos le voltean la cara. Porque admitámoslo, el espíritu de aventura que se inscribe en la educación sentimental de los paisas no se ve saciado por “la aventura del conocimiento”, o “la aventura de alcanzar paz interior”. No, que va, eso son maricadas. Se busca “la aventura del negocio imposible”, “la aventura del riesgo frente al azar”. Estamos predispuestos a la épica y al gozo, desde los huesos de nuestra educación histórica, y no hay remedio.

Por eso, quizás, la alborada del veinticinco de noviembre de dos mil tres, que celebró la desmovilización del bloque Cacique Nutibara de las Autodefensas, tuvo una acogida tan inmensa en la accidentada geografía del Valle de Aburrá. Ese año, con la pólvora patrocinada por don Berna, Medellín escuchó estallidos durante horas, rompió récords, se sintió grande. Y le encantó, claro, y lo escribió en su lista de tradiciones. Aunque brinque Bienestar Familiar, aunque se queje la alcaldía, aunque los defensores de animales pongan el aullido en el cielo. No importa; el exceso, el estruendo, la épica y el gozo son demasiado grandes. Está en los huesos, no hay remedio.

Pólvora se vendía desde hace años, claro, prohibida o no, ¿de cuándo acá la prohibición limita el libre mercado en esta tierra de comerciantes de pura cepa?, y en diciembre estallaban voladores, chorrillos y silbadores. Sí, eso lo sabemos, no hace falta que nos lo recuerden quienes no quieran aceptar el origen bastardo de la tradición asociada al rostro de criminales y asesinos. Sí, querido amigo entusiasta, antes del dos mil tres estallaban papeletas el treinta de noviembre a las once cincuenta y nueve minutos de la noche. Sí, estimada entusiasta, entre estas montañas aman diciembre y armar escándalo cuando llega es cosa vieja. Sí, que sí, pero es en el dos mil tres cuando tenemos la primera alborada, o bueno, la primera Alborada, así, con mayúsculas, como cuando uno pone Don en señal de respeto, y ocurre financiada por el narcotráfico. Eso habría que recordarlo cada año, pero nuestra épica evoca la batalla, no la sangre. ¿A quién importa el origen si nos hace sentir inmortales, para qué pensar en el principio si es tan preciado el resultado final? No hay remedio.

¿Y por qué tendría que haberlo? ¿Qué mal hace, después de todo? En el fondo, ¿qué mal han hecho el narcotráfico y los paramilitares? La pregunta es retórica. Que cada lector se responda en voz alta. Por mi parte, nada de pólvora el primero de diciembre, por puro respeto a los muertos, por puro rechazo histórico a que sea la plata y el supuesto poder que hay en ella quien ordene nuestra tradición y nuestra identidad.

Lucky

Pocas escenas tan graciosas, según la tradición de la comedia visual inglesa, que aquella en la que toda una familia persigue al perro para darle de beber gotas de valeriana o algún tranquilizante similar. Los vemos de arriba a abajo en el apartamento, esquivando las mesas de la sala y saltando los sofás, capturando —¡por fin!— al cuadrúpedo y abriéndole el hocico para que trague el remedio casero contra el miedo. Todo esto en vísperas del último mes del año, como preparación a la hora continua de pólvora que el pobre animal sufre con gemidos y temblores.

En casa no ocurre. Hay un perro, sí, Lucky (favor obviar la cacofonía de su nombre con el mío), pero cada diciembre le permitimos entregarse al horror con plena libertad de correr como despavorido, meterse bajo las camas, buscar refugio en nuestros pies. Su miedo, y de esto hay testimonios, no es tan grande como el de otras mascotas. Él se asusta, sí, muchísimo, pero no al borde de un ataque de nervios que le impida seguir velando un hueso. Pero la Alborada es para él, por supuesto, un mal rato.

Un mal rato de sesenta minutos. Un mal rato exageradamente largo. Porque el sentido de esto es el despilfarro, porque no tendrían sentido cinco minutos de pólvora para recibir diciembre. No, claro que no, tienen que ser muchos. Cómo mucho tiene que ser el aguardiente, y mucho el volúmen de la radio. Exuberancia tropical, cantidad y cantidad. Y en esta híperabundancia, en esta manera desmedida de vivir, sólo se puede contar con la suerte para que no te llueva el palo de un volador, para que un borracho no te mal apunte con una papeleta.

Cruzar los dedos para que la mañana siguiente no sean exageradas las cifras del pabellón de quemados.