Zugzwang

Redacción Lucas Vargas Sierra
Fotos Sebastián Mesa

zugzwang Bajo Asfalto

(Durante el Festival Altavoz 2013, la noche dedicada Punk y Metal, un grupo de punkeros viejos se encontraron en los bares de la zona de Bantú —frente a la Universidad de Antioquia— con el propósito de entonar un poco antes de ir al concierto. Al final, luego de vino y cervezas, deciden no ir)

La punta de la llave entra en el tubo de ensayo plástico, los dedos dan golpes suaves en el extremo de éste, hasta que el polvito blanco hace una montaña diminuta sobre la superficie corrugada. La montañita blanca se acerca tambaleante al agujero de la nariz; en el tabique nasal brilla un piercing, también en las cejas, en la lengua, en la parte superior de las orejas y —si creemos lo que dirá luego— en ambas tetillas. El hombre aspira con fuerza, de un sólo empujón prolongado. La llave y el tubo de ensayo cambian de manos. La operación se repite casi milimétricamente.

Pronto hará efecto el resto de coca que haya en la mezcla. Se disparará el olfato, se soltará la lengua, aumentará la saliva en la boca, se dormirán los labios. Entonces, este grupo tan punk de crestas y taches, de pantalones rotos y botas altas, de licor barato y poesía agresiva, comenzará a hablar del pasado. De los tiempos en que se reunían en otros parques, de las borracheras con ausentes que no van a regresar, de cómo la vida y la música valían entonces la pena, porque The Misfits sin Glenn Danzig no es nada. Y reirán a carcajadas, y mezclarán perico en la bareta para fumar mariposas negras, y brindarán por la juventud no futuro.

La juventud sin mañana que ellos fueron hace años. Pero el mañana llegó, y llegó el futuro, y no murieron cuando todavía estaban en el rango de edad que permite la contradicción como un estado de ánimo natural. Ahora tienen empleos fijos, y sueldos, y se preocupan por los gastos, y hablan del pasado. Ahora se niegan a ir a Altavoz (a escasos metros tocará dentro de poco The Misfits) en un íntimo acto de rebeldía inútil: contra el Estado, contra la organización que no los dejaría entrar con sus taches, contra los hipócritas, contra la economía, contra la música de ahora, contra cualquier cosa.

—Todo es una mierda —afirman al caminar, desorientados con rumbo hacia el Cementerio San Pedro. Miran el cielo, sienten de repente una lluvia que empezó a caer hace tiempo; Dios ha muerto, la contracultura ha muerto, el punk ha muerto; muevan a dónde muevan, hagan lo que hagan, ya han perdido la partida. Zugzwang. No queda nada sagrado, incluso lo profano sacrificó su aura de pureza. Se encojen de hombros, se cubren del frío y echan a andar. De mano en mano pasa el trago y la droga, hasta el cansancio, hasta el amanecer y la reinserción en el orden cotidiano, rota la próxima vez, el siguiente fin de semana.

La operación se repite casi milimétricamente.