A ciegas #3 – En este parque murió un hombre/Las ventanas son espejos

Todos vivimos la ciudad desde lejos. Vemos cosas sin saber sus historias. Escuchamos anécdotas sin ver cómo ocurrieron. Por eso decidimos unir las imágenes y las historias en una sola narrativa. Presentamos ‘A Ciegas’ de Bajo Asfalto; cortos relatos urbanos donde lo gráfico y lo textual se conjugan.
En A Ciegas, un Fotógrafo toma una imagen que se le envía de incógnito a uno de nuestros redactores, quien debe crear una narración para ella. De la misma manera pero en sentido contrario, el fotógrafo recibirá un texto que deberá completar con un retrato urbano.
Tan cierto como lo que le cuentan a la hora del almuerzo, tan dudoso como lo que ve por la ventana de un bus.
A Ciegas exploramos la ciudad.
 
 Fotografía: Juan Restrepo
Redacción: Lucas Vargas
 
  • Lazarillo: Texto inspirado en imagen.

A ciegas Bajo Asfalto

Las ventanas son espejos

Acto I

Primero estuvo Alicia, siempre Alicia, infinitamente Alicia. ¿Era Alicia? ¿Estaba segura ella, estábamos seguros nosotros, estaba alguien seguro de qué era Alicia? Alguien tenía que estarlo, alguien tenía que saber que ese era el rostro de Alicia, esos los brazos de Alicia, esas las tetas de Alicia, ese el sexo depilado de Alicia casi brillando ahí, frente al espejo de la habitación solitaria en la que no entran gatos ni murciélagos, en la que no entra nadie nunca más que Alicia. Alicia desnuda frente al espejo, Alicia empujando el espejo con todas sus fuerzas porque es la única opción: atravesarlo o hacerlo pedazos. Pero no quedarse ahí, muda y sin saber si el rostro que le devuelve la mirada sí es el suyo, o si se trata de una impostora del otro lado de una ventana improbable.

Acto II

Nadie mira su reflejo en las ventanas del metro cuando el tren se detiene en la estación. Etimología 101: los pasajeros van de paso. Cuando pasas no paras. Entras, te sientas, te entretienes hasta que anuncian la proximidad de tu destino. ¿Qué vería quién se viera reflejado en los vidrios de seguridad? Su rostro, sí, borroso y distorsionado, en alquimia con el interior fantasma del vagón. Su rostro quizás superpuesto al cuerpo de otro que sentado mira el exterior. Entonces, el desdoblamiento: te miras mientras te miras, el silbido anuncia el cierre de las puertas, el tren retoma la marcha y te quedás ahí, de pie en la plataforma, sintiendo como te vas, con un breve escalofrío de espanto.

Acto III

El juego lo propone un personaje de Cortázar y ocurre en el metro de París. Un hombre sube y caza en el reflejo de la ventana la mirada de alguna mujer; si ella mira su reflejo empieza el juego de sonrisas; si bajan en la misma estación empieza el juego del romance. Propuesta de variación en las reglas: el jugador debe cazar la mirada desde la estación, mientras el tren está inmóvil. Luego, ella debe quedarse en la plataforma, mientras los vagones arrancan, y los reflejos en las ventanas se mueven con ellas, y las siluetas de ambos se confunden por la velocidad y el vértigo. Marcharse al final, cada quién por su lado, con la plena certeza de que dentro del metro viajan juntos.

  • Invidente: Imagen inspirada en texto.

A ciegas 3 - Bajo Asfalto

En este parque murió un hombre

En este parque murió un hombre. No lo recuerdo bien, su rostro podría ser cualquiera. Recuerdo sus cuentos, claro, hay cosas que son inolvidables. Una cara pasa, se pierde; una historia no, una buena historia nunca, pasa con ellas como con las tragedias.

Los domingos, terminado el partido de fútbol, nos sentábamos en los columpios alrededor de él, bajo el sol de las tres de la tarde. Teníamos diez, once años a lo sumo. Él olía a colonia —eso también lo recuerdo— y nos contaba antes de empezar a contar.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, ¡nueve! —terminaba emocionado —, el nueve es de buena suerte desde que el emperador Ti Chin Fu tuvo a bien de ofrendar nueve pavos reales a los dioses antes de iniciar la campaña emancipadora de las estepas…

Era un gran contador de cuentos. Nos íbamos perdiendo en los paisajes, en los chistes sencillos de entender, en la acción del héroe enfrentado a los demonios. Al final nos regalaba con qué comprar una gaseosa grande, nunca quiso, sin embargo, quedarse con nosotros luego de concluir la historia.

A los dos años lo mataron. Entonces sus cuentos eran más complejos; más impredecibles. El héroe, a veces, debía morir para vencer; o resultaba en vano el suicidio del ruiseñor para pintar la rosa (sólo luego supe que ese era de Wilde). Nosotros éramos menos, muchos se habían ido del barrio y los que quedábamos no jugábamos fútbol: los domingos nos escondíamos en el parque para fumar y escucharlo luego. Su ritual continuaba imperturbable.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco… —y respiraba profundo al bajar la mirada antes de continuar en un susurro —cinco fueron los hombres que se suicidaron frente al balcón de las gemelas Sarmiento y, desde eso, sin matemática que lo reponga, el número está maldito…

Una tarde se detuvo en la mitad de la historia y nos pidió que nos fuéramos. Habían llegado dos hombres, reconocí a uno de Los Magníficos. Vine a casa con un peso insoportable en las costillas. Le dieron cinco tiros.

En este parque murió un hombre. Se llamaba John —recuerdo su nombre—, olía a colonia, le gustaba contar cuentos y era marica. Según ellos violaba a los pelaitos. Nosotros nos interrogamos con la mirada al enterarnos de lo que andaban diciendo y sonreímos de tristeza.

No volvimos nunca a fumar juntos ni a reunirnos los domingos.