Una mujer ciega frente al espejo

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Por Lucas Vargas Sierra

@MiguelBarrios

Se llamaba Capitán. Lo llamé Capitán. Fue el primer caballo que tuve, y el último. Puede que decir caballo sea inexacto; era un mestizo, un mulo. Me lo regalaron cuando apenas podía sostenerse en cuatro delgadas patas. Yo, que todavía tropezaba en dos, le tuve cariño de lejos y miedo de cerca: me gustaba verlo a una distancia segura, cuando me acercaban a él hacía pataleta.

El miedo desapareció —siempre lo hace— y terminé robándome los plátanos del almuerzo para ir a regalárselos. Tenía cuatro o cinco años. Cuenta mi mamá que se le encogía el corazón al ver a Capitán correr desde la cima del morro hasta el alambrado dónde yo lo esperaba. Temía que él no fuera a detenerse. Temía que en su carrera me arrollara.

Nunca pasó nada grave. Siempre se detuvo a tiempo. Yo lo montaba de vez en cuando, allá, cuando todavía existía la finca de mi abuela en Valle Umbría. Tuve mi propia silla de montar, a mi abuelo le gustaban los caballos. Los quería. Imposible no hacerlo: todos los caminos eran lodazales y pasadas las seis de la tarde era imposible ver dos metros delante si no había luna.

Había que confiar en ellos (Caramela, Paloma, Pirata, Capitán) para llegar a casa sanos y salvos. Confiar en sus pasos firmes, en su instinto, en que sabían perfectamente cual era el camino a casa, a su casa, a nuestra casa. Les mezclaban azúcar en la comida. Nunca pusieron problema si me robaba los plátanos para dárselos.

Creo que fue en diciembre cuando la guerrilla alzó con ellos. Puede haber sido otro mes, pueden haber sido los paramilitares. La memoria no alcanza a retener esos detalles. Sé que me contaron la noticia, “se llevaron a Capitán”, puede que me lo dijera mi mamá, puede que me lo dijera mi abuelo. Recuerdo que me puse triste. Recuerdo que lloré. Recuerdo que esa noche a escondidas, recé para que estuviera bien.

*

No entiendo la cabalgata de la Feria de las Flores. Quizás porque no entiendo las cabalgatas en general. Quizás porque no entiendo la Feria de las Flores en general. No lo digo a la ligera, no. No es un reclamo enardecido o una condescendiente muestra de superioridad intelectual. Nada de eso, para pamplinas semejantes está Twitter, para rellenar el ego bastan cuatro o cinco renglones. Me han pedido un texto, sobre la Feria de las Flores, sobre la cabalgata, y tengo que admitir que no acabo de entender ninguna de las dos.

Algo puedo afirmar, sin embargo, una observación obvia: la Feria de las Flores es amada y odiada de igual modo por la misma gente. Decirlo así es abrupto. No es la misma gente, no, pero son antioqueños. Sólo un antioqueño puede amarla de verdad, sólo un antioqueño puede odiarla. Yo soy paisa —inevitablemente—; extrañaría no encontrarme rodeado de montañas, me encantan el café y los fríjoles, almuerzo los domingos en la casa de la abuela, cuando niño pasé las vacaciones en una finca de Andes a la que había que llegar a pie o en caballo porque no tenía acceso a la carretera. Soy paisa, sí, me precio de dos o tres cualidades típicas, adolezco de dos o tres típicos defectos. Crecí aquí, nunca he vivido fuera. Tengo veinticuatro años.

Y no entiendo la Feria de las Flores ni la cabalgata. Además de que pasan en Medellín nada parece unirlas a ella, a mi Medellín, por lo menos. A mi ciudad de vecinos que hacen sancocho en mitad de la calle, a mi ciudad de compañeros del colegio emborrachándonos en una panadería llamada Chiquitiqui, a mi ciudad de perico fácil de conseguir en cualquier esquina y a muy buen precio, a mi ciudad de chismes e iglesias, a mi ciudad de tantos teatros malos y el Matacandelas (es broma, muchachos, es broma), a mi ciudad vista desde el mirador de Las Palmas a través del humo del chocolate caliente.

La Feria de las Flores aparece como una excusa para hacer lo que siempre hacemos (beber, meter y envidiarnos; criticar, ir a un concierto gratuito y quejarnos; hacer estupideces, escuchar música alto y matarnos; y buscarnos, buscarnos y buscarnos; e intentar levantarnos, por fin, levantarnos) durante una semana y reclamando las calles. Unos y otros; los que gozan con los autos antiguos, los que escuchan jazz en la Noche Negra. Ahí, afuera, todo Medellín, todo Antioquia.

¿Quién es Medellín? ¿Quién es Antioquia? Son eso, son una pregunta por la identidad jamás formulada en voz demasiado alta y que cuando se hace encuentra quién se queje de la H encima del museo. Todo cambia tan deprisa a la vez que nada desaparece de golpe. Medellín es un pueblo que intenta convertirse en ciudad, y unos no quieren que todavía sea lo primero, y otros no quieren que sea lo segundo. Ahí la puja, ahí el duelo entre la tradición y el progreso.

Pero decir eso, así, es un comentario a la ligera. Y a mí me encargaron un texto.

*

¿Por qué hablo de mí? ¿Qué le importa al lector saber quién soy? Ésta es la única manera de ser honesto al tocar un tema que es de todos, la única forma de convencerlos de que no hay ases bajo la manga o intensiones de alabanza o censura. No, no quiero la verdad tanto como necesito la pregunta. Vivimos a prisa, Antioquia nunca se detiene. “Es el motor del país”, repite una vocecita en la parte de atrás de la cabeza. Es un motor siempre en marcha. ¿Hacia dónde? ¿Por qué? Hay que tomar un respiro, entre los eventos y los reconocimientos, entre los escándalos y los asesinatos, entre el arte y el narcotráfico. Parar y mirarnos al espejo, desnudos, admitiendo todos los prejuicios para quitarlos, por fin, de en medio y conseguir reconocer nuestro rostro. Nuestro deseo.

Es por eso que hablo de mí. Es por eso que me presento ante el lector de pie, con diez y ocho años, sobre la autopista, viendo pasar la cabalgata. Estudio en el Colegio Calasanz, hace nada me encontré a mis compañeros, me saludaron efusivos y siguieron su camino hacia el Carrefour de Las Vegas. Llevan botellas de Aguardiente Antioqueño, “el anfitrión de la Feria” ideó un publicista como slogan, y no pudo ser más acertado. Al menos entonces, este año Chivas recibió homenaje y también fue anfitrión. Whisky, ron… no importa, incluso tequila o vodka. Lo importante es beber. Celebrar que estamos reunidos y felices entre amigos. Conmemorar que estamos vivos.

Vamos más atrás. Mi mamá me carga sobre sus hombros y vemos el desfile de autos antiguos (el eufemismo de llamarlos “clásicos” es nuevo) desfilar por La Ochenta. Aquí hay familias. Familias que señalan el viejo auto de bomberos, familias que señalan el convoy militar, familias que cuentan historias a los más jóvenes sobre lo que fue, lo que se ha perdido, lo que se extraña.

¿Qué veo, a través de los años, en ambos eventos? Veo nuestra necesidad de agruparnos, de vivir muchos bajo el mismo techo, de ser numerosos porque sólo así tenemos posibilidad de vivir en medio del monte hostil que nos rodea. Veo la devoción por la familia y los amigos.

Veo, también, dos poderes exponiéndose. Primero, el poder del dinero: pudimos comprar estos caballos, pudimos mantener estos autos. Luego, el poder del objeto como símbolo: pese a lo difícil, a caballo poblamos estas tierras; pese a lo difícil, con la industria trajimos el progreso en forma de tecnología. Pero el segundo mengua con los años, el símbolo se disuelve. Los autos antiguos no son Sonido sobre ruedas, la cabalgata no es un homenaje al caballo sino al jinete.

—Felicitaciones, lo lograron, ustedes tienen las riendas —parece decir el aplauso de los asistentes, y yo no consigo entender que nos arrodillemos tan fácil si somos un pueblo guerrero y echado pa’lante.

*

—Y adelante, ¡adelante es pa’llá, ñiñoooo! —concluye Robinson Posada, el Parcero del Popular Número Ocho, estirando el brazo frente a él y estallando en una carcajada ahogada. Es uno de sus cuentos más hermosos, habla de lo que sigue después de la muerte, de lo que hay que hacer después de que nos golpea la tragedia. Estamos en otra parte de la Feria de las Flores, la otra cara (por favor, perdonen el cliché); los cuentos, los conciertos, la cultura. Asistencia masiva a ver orquestas de jazz, competencias de cuento improvisado. El arte, ah, el arte.

Aquí están los hijos de los hijos de los primeros hijos que estudiaron en París, a los que les debemos las traducciones de Baudelaire y la sífilis. Aquí es el poder de la civilización sobre la barbarie el que se ostenta. Son cientos, miles los que vienen. Entre ellos, esos que hace tiempo decidieron jugar al margen, no ser Medellín, no comprometerse con la causa perdida que es el enigma de la identidad antioqueña. Los que son ciudadanos del mundo antes de ser paisas, los que consideran esta tierra —con todo su contexto y su historia— un mero accidente biográfico.

Y hay otros, por supuesto. Los que están convencidos que sólo la cultura va a absolvernos de los pecados cometidos y a salvarnos de volverlos a cometer. Porque hay que ganarle a la muerte, hay que ganarle con música, hay que ganarle con canto, hay que ganarle con baile y con cuentos. Hay que ganarle desterrándola de la celebración, haciendo que no tenga cabida en nuestro gozo.

La puja por el alma de Medellín en la Feria de las Flores. La ciudad de las fronteras invisibles. La ciudad dividida por un río físico y otro simbólico. La ciudad que es una mujer ciega mirándose al espejo, y esperando.

Esperando que todos nos paremos a mirarla más allá de los reclamos y los aplausos, para ver si por fin podemos decirle qué es la Feria de las Flores, quién es ella, y quiénes somos nosotros.

*

Me encargaron un texto sobre la cabalgata, sobre la Feria de las Flores. Yo lo comencé contando algo sobre mí, y no veo motivo para no cerrarlo del mismo modo. Abusaré de la paciencia del lector un poco más. Sólo otro poco, lo prometo.

Mis abuelos se murieron en agosto. No en el mismo agosto. En dos agostos separados por otros meses. El papá de mi mamá fue cafetero. El papá de mi papá se encargaba de los correos en la Ola América. Fueron dos versiones distintas del mismo antioqueño, el del campo y el de la ciudad. Ambos usaban la camisa por dentro. Ambos disfrutaban el aguardiente con amigos y el café. A Sergio le heredé el amor por la tierra mojada, los cafetales en la madrugada, la montaña fría y silenciosa. A Hernando le debo el teatro, el gusto por coleccionar chécheres dañados, las calles oscuras y silenciosas de la ciudad antes de que todos despierten. Los dos me enseñaron a amar la vida y la belleza, incluso aquí, en medio de la tristeza y la muerte.

Hay días en que reconozco en las arrugas de mi sonrisa las arrugas de ambos. Entonces, siento por partes iguales alegría y miedo. Porque los siento en mí y sé que algo he aprendido con el tiempo, porque ellos ya no están y es mi turno —nuestro turno— de tomar la historia, la tradición y el futuro, entre las manos.

En las manos, sí, porque en el cuello pesan.