Un recorrido por La Fiesta; celebración de la doceava estrella

Foto tomada de elespectador.com

Por Lucas Vargas Sierra

Una caravana de motociclistas bloquea por entero la Ochenta, traen la bandera verde y blanca de capa, uno de ellos enciende voladores que se elevan en diagonales peligrosas para los que —como yo— miramos todo desde el puente peatonal de La Villa del Aburra. A nadie parece importarle, por supuesto; como a nadie le importa usar casco, o detener el tráfico lanzándose a los carros, o quedarse con la bandera que algún desprevenido no sujetó con suficiente fuerza al sacarla por la ventanilla abierta. Hay fiesta en Medellín; hace nada el Atlético Nacional se ganó la doceava estrella al vencer dos por cero al Santafé.

Nunca fui fanático del fútbol, no conozco el agridulce de ser seguidor de un equipo, no sé lo que es sufrir por la derrota ni emocionarse hasta el júbilo por la victoria. Si me obligan a definir las reglas del deporte es probable que falle en la mayoría. Ser hincha es algo que se tiene o no, yo no lo tengo. Sin embargo, he sufrido de cuenta de amigos, me he alegrado por la empatía que siento por esos que sí lloraron la cuarta estrella del Medellín o el doble título del Nacional hace años. Por eso salí a caminar, para perderme en los otros, para ver la fiesta.

El itinerario era sencillo: subir hasta la Villa, caminar la Ochenta hasta la Treinta y tres, bajar hasta la Nutibara y ahí buscar la Setenta, andar la Setenta hasta el Estadio, y regresar. Dos, tres horas máximo. En el televisor, el equipo apenas se preparaba a dar la vuelta olímpica cuando salí de casa. La fiesta había empezado en Miravalle, música desde la maleta de los carros, niños cazándose con bolsas de maicena, un hombre persigue a su hijo con una candela para mostrarle que no hay que temerle al fuego o a la pólvora. A una cuadra de la Villa escucho “El pregón verde” por primera vez.

Que no falte la foto de baja calidad y alto sentimiento
Fotos secuestradas de FB’s de hinchas que no conocemos

Sobre el puente peatonal, a mi derecha dos mujeres, un beagle y un niño con una bolsa de harina, los cuatro con camisa del Nacional; a mi izquierda —casi espejo— dos mujeres, un niño de brazos y una niña, el nene, que es el único uniformado, tiene tres años y el pelo y la cara cubiertos de blanco. Hace nada estaban abajo, allá, en el paradero de bus, donde pronto vendrá la caravana de motociclistas a sumarse a un centenar de hinchas que agitan banderas, cruzan la Ochenta corriendo, lanzan puñados de harina a los carros y suenan cornetas, y bailan, y se pasan entre todos la cerveza o el aguardiente.

El de pantaloneta blanca es el sobrino de una de las mujeres de la izquierda. Cuando niño lo encerraba la mamá para que no saliera a hacer escándalos, ella, en cambio, nunca le prohibió a los suyos la calle, la piedra, la fiesta. Por eso ellos, ya grandes, habían quemado la etapa, en cambio el sobrino, véalo, mírelo subirse al capó de los carros, ir a pedir maicena para aventarla al Fiat que se acerca despacio, la ventana del pasajero abierta apenas. Es todo lo que necesitan, el grupo se reúne, aprietan los puños, el carro avanza, un par de metros más, ya casi… Las mujeres a mi derecha gritan de sorpresa, la tía del de la pantaloneta blanca pregunta que pasó, le explico, reímos: el pasajero del Fiat asomó un extintor, y los dejó a todos bañados en espuma.

Nadie se ofende. Ni cuando lo cubren de harina, ni cuando se le montan al carro, ni cuando se roban —¡una de tantas!— la bandera, ni cuando los bañan con el líquido del extintor. Es lo que se espera. Es la fiesta. La ley es secundaria en la fiesta, los celebrantes lo tienen todo permitido, eso al menos es lo que sienten, es lo que sienten. Por eso el hombre se le atraviesa al taxi, por eso le reclama con agresividad que ponga cuidado. El taxista se baja, van a pelear, alguien los separa, una mujer se lleva al hombre, al taxista un joven lo convence de montarse al taxi otra vez. Pero no es tan fácil, otro de los hinchas vio el intento de pelea, se acerca al taxi y abre la puerta del pasajero, le grita al taxista que amaga con bajarse de nuevo, quizás lo habría hecho, pero ya alguien se llevó al otro y cerró de un portazo. El taxi se marcha, el hombre del problema lo sigue media cuadra, el taxi se detiene, el hombre vuelve sobre sus pasos, y el taxi se va.

 Nadie quería la pelea, pero de haber ocurrido… Entonces, se la habrían cobrado cara al aguafiestas. ¿Qué no entiende la gente que está prohibido no seguir el juego? ¿Qué no ven que la celebración es sagrada? Nadie tiene derecho a arruinarlo, a enojarse, a poner problema. Nadie tiene derecho a romper la burbuja perfecta de este triunfo, a recordarles que la noche es efímera, que mañana hay que madrugar a trabajar. Nadie tiene derecho a insistir con eso de que la tristeza existe. Hoy es fiesta, es La Fiesta: de lado a lado de la Ochenta los hinchas detienen el tráfico y exigen pagar respetos al espíritu de la celebración; hasta no pitar seis veces, con ritmo, no está permitido seguir el camino.

Ya llega la caravana de motociclistas. Me iré tras ellos. Bajando por la Treinta y tres escucharé “El pregón verde” por segunda vez.

Fotos secuestradas de FB’s de hinchas que no conocemos

La Setenta. La expectativa. La nombran en sus canciones y, desde la Nutibara, se escuchan estallar voladores. Uno, tras otro, tras otro. Voy a caminarla de cabo a rabo, desde la Pontificia hasta el Estadio. En todo el camino no hay una sola cuadra sin un grupo de veinte hinchas armando su propia rumba. Grupos que parecen pequeños al compararlos con los grandes. El primero, frente a Mondongos, en rueda, con tambores, cantando los himnos de la barra, el piso con un tapete de papel globo verde y blanco. El segundo, pasando San Juan, al frente de una larga fila que espera ser atendidos por ventanilla en La Careta. En esos puntos el tráfico está cerrado. La calle es suya.

Sólo allí, caminando rodeado todo el tiempo, veo las cámaras. Los celulares con cámaras en todas partes. Las fotos grupales, individuales, señalando el escudo de la camisa. La celebración —La Fiesta— también debe tomarse lo virtual. Es parte del honor del hincha demostrarle a los contrarios que se supo gozar la victoria, tienen que enterarse los otros del gozo, es el momento de ganar esa otra confrontación que se juega fuera de cancha. Saturar Twitter, saturar Facebook. Quien se tome una pausa de cantar que actualice su estado. Recordémosle que fuimos nosotros los ganadores, que vean la dicha transmitida en vivo y en directo.

Fotos secuestradas de FB’s de hinchas que no conocemos

Y recordémonoslo, mañana, la próxima semana, a nosotros mismos. Este júbilo no durará gran cosa, este buen sabor de boca se irá perdiendo, y es borrón y cuenta nueva la próxima temporada. Idénticos sufrimientos, idénticos sinsabores. También por eso hay que perpetuar esta noche. Parce, ¿nos a a tomar una foto? Claro, güevón, de una. Son cuatro, de izquierda a derecha: una pelirroja con un aro en la ceja izquierda, uno de gorra que no sonríe, una morena que sostiene la botella con ambas manos, y el de camisa vieja que fue el que me entregó el iPhone. La camisa era de su papá, dice y derrama una copa de aguardiente antes de mirar con los demás como quedó la foto.

Nada malo puede pasar aquí. Si alguien se va a robar algo, no lo hará en el epicentro de La Fiesta. Somos hermanos, ¿no? Compañeros de victoria. Nada nos va a dañar la noche, nada en absoluto, ni siquiera ese amigo que se dejó tumbar, que está sentado medio escondido recién pasado San Juan, y que se ríe cuando le digo que lo tenía que probar al recibirlo, antes de romper la bolsita transparente y echar al aire el gramo de maicena más caro de la historia. El desconsuelo no le dura a ese par. Se levantan y buscan otro chazero, uno que tenga pinta de honrado.

Fotos secuestradas de FB’s de hinchas que no conocemos

La Setenta y el Estadio se funden, lo mismo pasa con el camino de regreso. La Treinta y tres está sola, queda poca gente en los bares —¡es que es miércoles, mierda!—, en el mismo que lo escuché de bajada, escucho a la subida “El pregón verde”, y es la tercera de la noche.

Mañana leeré, seguramente, las cifras de muertos y heridos; las peleas y los accidentes de tránsito; los enfrentamientos entre hinchas y los intoxicados y quemados que atendieron los hospitales. Ahí estarán, seguramente, los síntomas nítidos de la muerte. La muerte y el gozo van a ir siempre de la mano. Nadie quiere perder la gloria, nadie quiere que La Fiesta se acabe. Por eso se corren riesgos, por eso a nadie le importa el casco en la moto, por eso el deseo latente de defender la dicha de cualquiera que se atreva a amargarla.

Porque no se sabe cuando se repita, porque no se sabe si va a llegar a repetirse. Morir ahora, en el paroxismo del placer. Morir vencedor… Nunca fui fanático del fútbol, no conozco el agridulce de ser seguidor de un equipo. Pero entiendo bien, en cambio, las ganas de que todo termine cuando el mundo a mi alrededor es extraordinario y parece vibrar conmigo.

Son las tres de la mañana. Afuera, en Miravalle, ya dejaron de sonar los voladores. Antes del punto final, abro YouTube, y escucho “El pregón verde” por cuarta vez.

Foto tomada de laopinion.com.co