Keeping the blues alive

Texto Camila Rodríguez Gómez

Fotos María José Vega

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Sábado. 6 de julio. Una de esas tardes del sur que no define su clima, que no sabes si el buso vaya a ser necesario o un encarte. Aunque la lluvia sería perfecta para acompañar los acordes del blues, si hubiera ocurrido se habría dañado el ánimo del festival al aire libre. Niños, jóvenes, adultos, y hasta perros, disfrutaron de un maravilloso clima y de un ambiente más que relajado. Un parche perfecto que, aunque no lejos de los problemas técnicos, inició con un pequeño jam de músicos de todas las bandas.

Empezó lento. Había poca gente frente a la tarima cuando Santiago, creador del evento, le dió inicio. Superficies fue la banda encargada de abrir tarima con una versión triste y un poco oscura del blues, queriendo mostrar que no se necesitan recitales o eventos literarios para hacer poesía. Su cantante, con voz de metalero,inducía aún más esos sentimientos de tristeza y pesadez; para ser, simplemente, el relato sonoro.

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La noche cayó. Las personas, las cervezas y los cigarrillos iban llegando a su lugar. Con este ambiente melancólico y pesado que dejó Superficies, The Blue Jam Company  subió al escenario para poner más movimiento en el ambiente, prendiendo a los asistentes. Su armónica ofreció el toque mágico de la noche, y estos cuatro músicos que no tocan dos veces igual, dejaron claro que el blues está vivo y que hay que quererlo.

La tercera banda en escena, El Túnel, hizo de las notas del blues sensualidad y profundidad. Con una excelente interpretación de guitarra y armónica, demostraron que los ensayos constantes, así sean en un nido de perros y gatos, son la clave. Sin cobardía y sin inseguridades, nos dice la banda; que, además, nos invitaron a sus ensayos y cantaron para nosotros, saludándonos.


_MG_7783Santiago & The CrossBlues Band, los pollitos del blues, como gritó alguien del público, se subieron a revivir el auténtico sentimiento negro del blues. Blancos todos, y con dos chicas de invitadas, lograron que cantaran con ellos y se pararan al frente a bailar. Los asistentes parecían no saber hacerlo, un poco de ska se metió en sus cuerpos, pero no por esto dejaron de animar y apoyar a los chicos. Aldo, el clarinetista invitado de la banda, un pequeño y tímido músico de San Cristóbal, logró transportarnos con sus sonidos melodiosos, y sus trinos espectaculares.

El hombre más especial de la noche, cual amigo íntimo de cada asistente, que si no fuera por su sombrero y su pinta country podría ser uno más del público, demostró que el blues es para todos. sin importar quién lo toque ni donde lo haga siempre y cuando venga del corazón. Carlos Elliot Jr., un artista con mucha influencia norteamericana, no olvida que sus raíces están en Colombia; y es por eso que mientras intenta rescatar la mística del blues, abre paso a los artistas emergentes.  El blues también se puede bailar, esto nos lo confirma con sus acordes y con la invitación al público para que se moviera con su swing. Quien mejor lo hizo se llevó su nuevo cd y una sonrisa.

Fue un evento para recordar. Una hermandad de músicos muy especial, que de buena gente lo tiene todo, sin pretensiones de grandeza por ninguna parte. No sólo los músicos, los organizadores no se quedaron atrás. Con una actitud encantadora nos cuentan que el blues está creciendo en Medellín, evidentemente, y que aunque el camino no ha sido fácil, los jóvenes están comprometidos con formar una escena en la ciudad.

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Queremos Blues Festival III terminó con un jam lleno de notas enérgicas, cargadas de baile y expectativa por el Medellín Blues Festival en apenas dos meses