Cuando dejemos de ser.

BUS

Por Jacobo De la Cuesta

Ilustración por Andrés Hainaut

Tarde de martes. Golpea sin clemencia el sol las ajetreadas calles de Medellín, por donde a raudales corren los buses, los carros y las motos… Motos.

Fluye el tráfico por la Calle Colombia, hasta llegar a las cercanías de su puente sobre el rio, donde algo obstruye nuestro andar. Las personas con quienes comparto bus se inquietan, no es normal, ni siquiera a esta hora. El conductor acelera, frena, pita. Nadie sabe qué ocurre, hasta que ante nosotros se muestra en todo su esplendor aquello que impide nuestro desplazamiento.

Una moto, una sábana, un charco de sangre. La gente a mí alrededor se avienta contra las ventanas como fieras hambrientas. No importa el cansancio ni el calor, todos abandonan sus puestos para no perderse un segundo de tan macabro espectáculo.  Aparto la mirada.

Mientras busco en qué distraer mi mente, puedo oír su frustración cuando, la persona que no lo es más, se pierde de vista. Así mismo, puedo oír sus exclamaciones cuando está completo el panorama. No creo que el taco lo cause el difunto, creo que lo hace el morbo de cientos ojos que se posan sobre la sangre que lentamente se filtra bajo asfalto, sobre lágrimas que próximamente serán derramadas, sobre la imagen que mañana acompañará a un par de tetas en la portada del Q’hubo. Tiemblo.

Finalmente nos desviamos y seguimos nuestro camino, vuelven todos a sus asientos, vuelve la música, vuelven los chicles (uno en doscientos, tres en quinientos), y la vida sigue, porque siempre sigue. Y que les pase a otros,  no a mí, porque queremos que todos sean nuestro entretenimiento, pero no ser show de nadie. Me gustaría pensar que nos miran con los ojos que miramos, pero sé que siempre entretendremos a alguien cuando dejemos de ser.