Historia Verídica

Lucas Vargas Sierra.

la foto

(Para Sebastián Rivera Sanclemente)

“¿Sería una fiera, pues se deja impresionar tanto por la música?”
– La metamorfosis, Franz Kafka

S. podría reventar los vidrios de un grito, hacerlos añicos, polvo de cristal desparramado sobre las baldosas blancas. Bastaría que se emocionara un poco, que en el computador de L. buscaran la canción adecuada, algo de Metallica o Black Sabath o Lazy de Deep Purple, subir al tope el volumen de los parlantes, sentir vibrar el piso y las paredes, temblar el mundo.

Entonces S. empezaría a mover la cabeza y a bailar, imitaría con las manos los golpes de la batería (L. haría lo mismo simulando sostener una guitarra) y poco a poco se encendería. Primero en voz alta, luego a gritos, alzaría la voz sobre los aparatos electrónicos, haría suya la música, toda de su pertenencia, sometida a su voluntad. Subiría el volumen, por supuesto, porque nunca es demasiado alto. El universo cercano sentiría la avalancha, y los vidrios seguro se harían pedazos.

Porque si algo es seguro, L. lo sabe bien, es que S. puede reventar los vidrios de un grito. Y eso no es tan inusual, se han visto caso de potentes cantantes de ópera que elevan la voz hasta timbres tan agudos que las copas de las mesas aledañas terminan derramando su contenido en los manteles. Todos están enterados de al menos una historia semejante.

Lo realmente sorprendente es que S., además de reventar los vidrios con un grito, es capaz de conseguir que los fragmentos esparcidos por la habitación se unan al baile.

Al principio es un movimiento imperceptible, luego los vidrios más pequeños empiezan a flotar con timidez. S., con los ojos cerrados como está (suele cerrar los ojos cuando canta), no se da cuenta. Pero L. tiene los ojos muy abiertos y no deja de sorprenderse siempre que un trozo de vidrio del tamaño de un pulgar empieza a volar frente a él. Ahí es cuando todo se vuelve un poco peligroso, cuando todo se convierte aún más en rock’n’roll.

A toda velocidad, siguiendo el canto de S., los fragmentos de vidrio atraviesan la habitación, desgarrando la piel de los bailarines, dejando estelas rojas de sangre flotando en el viento. L. se cubre lo mejor que puede, tiene una sonrisa y no deja de bailar, canta cuando hay ocasión y procura que no se le incruste un vidrio en el ojo.

Desatado, como un vidrio más, arremete contra las paredes a golpes de puño. Las hace trizas. Los escombros también flotan, todo hace coro al canto de S. que ahora sube más que nunca, que ahora pone más alma y los vidrios se buscan en las ventanas, y los ladrillos regresan a su puesto.

Y termina la canción. Y es cierto que S. podría reventar los vidrios de un grito. Y es cierto que cae exhausto sobre el sofá mientras L. se retira un momento para buscar algodones con que limpiarse las cortadas.

2
de julio
y 2012