Exigiendo Memoria

Téxto: Andrea Martínez

Fotografía: Héctor Duque

 

Se sentía el palpitar de la actividad comercial en el centro de Medellín mientras ella recorría la carrera Bolívar en sentido sur a norte, entre las calles Amador y Maturín para llegar a sentarse en una de las mesas del Salón Málaga, un bar de antaño donde el recuerdo de los años cincuenta se hace visible, tangible y sonoro. Todos sus sentidos, sus músculos y sus nervios son los que evocarán unánimes la vida y la lírica bohemia del inicio de un siglo en este lugar que entrega memoria.

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Sus manos sostenían el peso de una libreta aparentemente desgastada. Guardaba allí uno que otro poema, una que otra frase de cajón, una hilera de pensamientos sueltos, dispersos, incoherentes, las emociones más disímiles, el testimonio de una exagerada ingesta de alcohol y la inutilidad de un arrepentimiento.

Honoré de Balzac decía que el café era un gran estimulante literario, así que, rodeada de todos y de nadie se dedica a sentir placenteramente el sabor de un café de marca Madrid. Observa lentamente, contempla cada uno de los detalles de este bar que vive congelado en el tiempo, trata de recordar a través de una memoria que no le pertenece una Medellín de vitrolas, de tranvía, de riñas a puñal, de parque Berrio y Guayaquil, una Medellín de la que tanto hablan los viejos, nuestros viejos…

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El señor Julio Sosa entra y se acomoda, canta, canta para ella y viene la imagen de Andes con la infinitud de sus detalles, su lugar tan feamente poético, su pueblo a dos horas y media de distancia… Cómo escuchar un tango y no ver el reflejo de lo que ella es, cómo  no recordar las tardes llenas de café y uno que otro poemita, los gatos jugando en las ventanas de una casa antigua de corredores largos y habitaciones amplias que lleva encima el peso de un apellido, el olor a tabaco, la palabrería insensata de algunos tíos, la risa compartida y unas montañas de un verde profundo que cuidan, un cielo congestionado de estrellas, un bar lleno de humo y caras de la infancia.

Sentada allí, en la mesa del centro, divisa las siete rockolas al igual que las fotografías puestas en exhibición en cada muro, personajes destacados de la ciudad, músicos, bailarines y Carlitos Gardel en todas partes.  A lo lejos, un hombre de setenta y nueve años de edad, de cabello blanco, gafas y voz ronca, programa tangos… Esa música de compás, de matices, de melancólico son y hondas vibraciones, esa música porteña del bar y la bebida, de la infancia y los pibes, de la pérdida, la mala vida y el amor.

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Su nombre es Gustavo Arteaga, es dueño desde el año 1957 de este negocio, es un viejo preocupado por recuperar memoria, tiene aproximadamente una colección de siete mil discos de acetato de setenta y ocho revoluciones, pareciera que cada canción seleccionada le recordase una gran vivencia y le insinuara que la vida hoy es otra cosa.

Sin avisar, Pepe Aguirre invade el lugar y  ahora ella  fuma un cigarrillo de forma pausada, se estremece con tan solo escuchar la nota melosa de un violín, el sonido leve que produce un pocillo contra otro en la barra del bar y el choque de una bola de billar contra la mesa. Alguien habla acerca de la moral, alguien ríe atrevidamente, unos mientras tanto brindan, otros cantan, ella simplemente está, está sin estar del todo, buscando ese todo que se llama vida, escribe, escribe en su estado sutil, inadvertido y solitario. Y allí, en ese encuentro con la palabra íntima, exige memoria, piensa que al tango, ese hijo de la milonga, no hay olvido que le pueda.