Apuntes sobre las calaveras

el esqueleto humano se abstrae con todos sus huesos hasta quedar resumido en los pocos que componen la cabeza.

Ocurrió en el segundo semestre de 2007. Estaba con Ricardo, sentados afuera de la facultad de medicina de la Universidad de Antioquia, todavía no eran las seis de la mañana, hacía frío y ambos presentábamos los signos típicos del trasnocho: grandes ojeras, un temblor imperceptible en todo el cuerpo, la clara tendencia a reírse de cualquier cosa. La noche anterior, si mal no recuerdo, nos habíamos reunido a estudiar para un parcial de neurociencias. El resultado, luego de horas de estudio y mucha cafeína, fue que en medio de la madrugada jugábamos mímica y, extendiendo los brazos a lado y lado del cuerpo como un crucificado, nos hacíamos pasar por una neurona bipolar.

Salimos una hora antes de la casa, contando con que el bus nos dejaría a tiempo. Lo hizo con creces, y ahora éramos las únicas dos personas que aguardaban frente a la reja cerrada. Juan del Corral es una calle desierta a esa hora. Los palos de mango del separador vial, la entrada al Hospital San Vicente de Paúl, la fachada de la Facultad y el terreno cerrado frente a ella aumentan la desolación en ese tramo.

No sé de dónde salió el hombre. Parecía un borracho regular: camiseta violeta con delgadas rayas verticales de color azul, una chaqueta de jean, pantalón sucio pero zapatos embolados, cabeza cana. Entre cuarenta y sesenta años, aunque vaya uno a saber lo que gasta a cada quién el tiempo. Se acercó a nosotros, traía una bolsa y avanzaba tambaleándose. Cuando estuvo suficientemente cerca nos preguntó si éramos estudiantes de medicina. Ante nuestra respuesta afirmativa metió la mano en la bolsa y nos extendió, disponible para la venta, un cráneo humano.

La escena hace parte de los imaginarios culturales universales, extendida por cuanto canal de difusión hay disponible incluyendo las caricaturas y las parodias. Dudo que exista alguien en mi generación que no identifique a Shakespeare con “ser o no ser, esa es la cuestión”, y que a su vez no extrapole la sentencia a la imagen del bardo que sostiene en alto (con el brazo extendido en ángulo agudo) una calavera mientras mira de frente las cuencas vacías de sus ojos.

La elección dramática se carga de significado al convertir el cráneo en signo y símbolo.

Signo de la muerte por tradición, el esqueleto humano se abstrae con todos sus huesos hasta quedar resumido en los pocos que componen la cabeza. Allí está toda la vida, o mejor toda la ausencia de vida. Símbolo del tiempo que pasa, de la existencia, de los reinos del espíritu, es en la calavera donde habita el alma inmortal, ya Platón hace la primera referencia y Descartes concluye que el alma racional tiene asiento en la silla turca, parte del hueso esfenoides.

Ese que en el escenario sostiene y habla al cráneo (sea Bugs Bunny o JaxTeller en Sons of Anarchy) tiene en sus manos el doble misterio de la muerte y el alma, cuya representación es la misma.

El rostro de Santa Muerte es puro hueso. Las calaveras mexicanas del día de los muertos aparecen decoradas con flores y cuentas de colores. El hechicero se pinta la cara con tintes negros y blancos para esconder la carne.

Debajo de la piel, la grasa y los músculos reluce el blanco hueso. La democracia del último destino conocido, la tumba en la que todos los perfiles son esencialmente el mismo. Alguna corriente afirma que la belleza vive en lo simétrico, la igual distancia entre los referentes del lado izquierdo y los del derecho con el centro del cuerpo. La simetría del hueso es común e indiscutible. Los cráneos son hermosos (apreciación personal).

También están los dientes, la única porción de esqueleto que podemos enseñar a los otros sin hacernos daño (físico, quiero decir). Sonreír es enseñar el esqueleto, una parte de él, al menos. Las calaveras sonríen. Galeano pregunta qué les causa tanta gracia, Manu Chao le contesta que ríen porque no lloran, y que no lloran porque no tienen corazón.

Ni Ricardo ni yo recibimos el cráneo que se nos ofrecía. Parecía en muy buen estado, al menos tenía la dentadura completa. El hombre le dio vueltas en sus manos, bajo la pálida luz del amanecer (que amenazaba lluvia) fue enumerando las ventajas de la compra: servía para estudiar, por supuesto, pero también como decoración e incluso para entretener a los amigos (un cráneo es un perfecto objeto al que enlazar una historia, casi cualquier cuento cobra vitalidad con su presencia).

Nosotros ya habíamos escuchado, igual que muchos en la facultad de medicina han escuchado y escucharán, las anécdotas de esos primeros estudiantes que tenían que hurtar cadáveres para descubrir la anatomía. Los profesores contaban de los saqueadores de tumbas (nunca ellos) que se colaban al Cementerio San Pedro, tan cercano a la facultad, para buscar esqueletos.

Allí estaba, de frente, un remanente de esos tiempos, insistiendo en que examináramos el cráneo por nuestra cuenta, tratando de despertar nuestro interés que no se recuperaba de la noche en vela. Cuando se dio cuenta de que no íbamos a comprarlo decidió irse, le dimos alguna moneda, creo.

Si la memoria no me falla el precio de venta era cinco mil pesos.

Lucas Vargas Sierra

@MiguelBarrios