Panem centum

100 de pan

Hace algún tiempo, en una interminable jornada en la biblioteca, buscando datos entre varias decenas de libros, encontré, escondido en las páginas de un viejo texto de zoología o ecología –no lo recuerdo-, varias hojas de lo que parecía ser el diario de un naturalista viajero, o por lo menos un intento de traducirlo. Entre los escritos había, también, hojas llenas de garabatos; otras con lo que aparentaban ser definiciones de términos, muy seguramente usados por el traductor y, no obstante, al tratar de reconstruir la cronología, hallé que faltaban varias páginas de la traducción.

Busqué las cuartillas faltantes en el libro donde celosamente habían sido guardadas, al igual que en muchos otros, pero fue en vano. Leí y releí los textos, escudriñando por el nombre del autor o del traductor, pero ni pan ni vino, la indagación fue infructuosa. El diario del anónimo explorador relataba sus viajes por el nuevo mundo, y sus páginas hacían referencia a diversos parajes; desde Yucatán hasta el Altiplano, y en todos se limitaba a describir exhaustivamente la flora y fauna del lugar, hasta el punto en que su lectura se hacía infinitamente tediosa. Sin embargo, existe un solo pasaje que difiere del estilo general del diario y que precisamente corresponde a la narración de la estadía del explorador en el valle.

“(…) y bajando a la vega me reuní con un grupo de lugareños, los cuales me recibieron con una celebración en mi honor, que se prolongó hasta bien entrada la noche. Al día siguiente me uní a ellos en la búsqueda de cierto alimento que, si bien no es la base de su dieta, es ampliamente consumido por su abundancia. No tardamos mucho en encontrar el ingrediente de la preparación, una pequeña criatura, quizá del tamaño de un palmo; de color pardo en el lomo que se ransforma, en un gradiente, a blanco en el vientre. La criatura, que denominé Panem centum, expele un aroma bastante único –y difícil de describir- que parece agradar a los lugareños, quienes lo consumen solo o acompañado de una infinita variedad de aderezos. Su ingesta parece limitarse a las horas de la mañana. A pesar de la facilidad con la que encontramos el Panem, el cual habita en pequeñas y cálidas madrigueras que se disponen una sobre otra, en las que pueden vivir hasta cincuenta individuos, cada día les es más y más difícil a los moradores del lugar hacerse con el alimento, viéndose obligados a desplazarse mayores distancias para poder obtenerlo según me cuentan los mismos lugareños, quienes añoran los días en los que conseguir el alimento les era pan comido. Lastimosamente mi corta estadía en el valle no me permitió hacer más que un somero estudio de los hábitos del Panem, por lo que ignoro, entre otras cosas, si su desaparición se debe a la pérdida progresiva de su hábitat o procesos de competencia con otras especies.”

Intrigado por las palabras del diario decidí llevar a cabo el estudio que el anónimo dejó pendiente, con la permanente inquietud de que si la extinción del Panem había iniciado ya en tiempos del explorador, mi búsqueda solo serviría para engrosar la lista de especies que ya no habitan el planeta. Cual minero, comencé a excavar datos de cuanta fuente estaba a mi disposición, pero no hallé una sola referencia en libros, periódicos o revistas. Partí hacia la vega, donde comienza el relato. Decidí buscar lugares en los que pudieran haber madrigueras como las descritas en el texto y, mientras lo hacía, tuve la oportunidad de hablar con los pobladores, probablemente descendientes de los anfitriones del narrador; quienes al oír el propósito de mi investigación confesaron que conocían historias de la pequeña criatura, pero que tales historias estaban en la misma categoría de aquellas que relatan los días en los que en el rio era posible nadar y pescar.

A pesar de no obtener información de los lugareños continué con mi búsqueda; la cual me llevó, después de atravesar enormes senderos por donde gigantes bestias de colores mil migran, desplazándose raudas con estruendosos alaridos, a una serie de madrigueras escondidas entre altos arboles y colosales nidos, rebosantes de actividad. No obstante, amplia fue mi desilusión al encontrar que las madrigueras eran habitadas por otros organismos, los cuales presentaban rasgos similares a los de Panem centum, tanto así que son también usados para un gran número de preparaciones y se encuentran ampliamente registrados en la literatura, entre ellos P. dulcis, P. alinum, P. orbis y otra especie, igual a P. centum en todo excepto en que su tamaño corporal es mayor, la cual no había sido aún reportada y que recientemente fue bautizada Panem ducentis. Tal fue mi suerte durante varios días, añadiendo la dificultad de sobrevivir en tan inhóspito ecosistema y las salvajes criaturas que lo habitan a los resultados negativos.

El último día de mi expedición tuve la fortuna de toparme con un viajero que se dirigía al otro lado del valle en dirección nororiente y a quien conté mis desventuras para hallar la escurridiza criatura. Él no se mostró sorprendido, al contrario, me comentó que aquello que buscaba con tanto ahínco era pan de cada día cerca a su hogar en la montaña, lejos del trajín de la vega. A buen hambre no hay pan duro, de forma que seguí al viajero hacia la parte alta del valle, donde los arboles y los nidos dan paso, a medida que se asciende, a extensas colonias que tapizan las laderas. Una vez llegamos a su lugar de destino, mi inesperado guía me indicó donde encontrar las madrigueras de Panem y, despidiéndome de él seguí mi camino. No pasó mucho tiempo después de haber reanudado la expedición por mi cuenta hasta que, por fin, di con la ubicación de las madrigueras donde, efectivamente, encontré abundantes especímenes de P. centum.

Arrastrado por mi curiosidad, decidí comprobar si aquella cara de la montaña era el hábitat exclusivo de Panem, o si por el contrario, su presencia se extendía más allá de ese restringido nicho. Me encaminé hacia distintos puntos del valle, procurando ecosistemas similares a las colonias de la ladera nororiental. Fue así que encontré nidos de Panem esparcidos por todas las montañas: desde el árido y cálido norte, hasta el frio y húmedo sur; desde el populoso oriente, hasta el pendiente occidente. Existe, empero, una singular excepción, y corresponde al suroriente del valle, donde me fue imposible hallar una sola madriguera de Panem centum, debido, quizá, a que el ecosistema del lugar, al igual que el de la vega, es poco favorable para el crecimiento del organismo o a la expansión del territorio poblado por Panem ducentis y otras especies del género.

Este es, pues, un breve resumen de mi exploración, cuyos pormenores podrían llegar a ser más interesantes al lector que lo aquí registrado, sin embargo, me los he de guardar para una ocasión posterior. Ignoro aún el nombre, procedencia o destino del explorador, pero como a falta de pan, buenas son tortas, creo y espero que el trabajo por mí realizado hubiera sido de su total aprobación, sea quien fuere, viniera de donde viniese y fuera a donde fuese.

Juan Jacobo de la Cuesta